Últimos artículos

Amán

Sobre el invierno en Amman

Por Laila M. Rey

Los días empiezan a alargarse en esta parte del mundo. Por fin la primavera se asoma a los cerezos en flor que se esconden en los jardines de las casas que parecen sacadas de los años sesenta de Jebel al-Lweibdeh (جبل اللويبدة), el distrito donde resido. Parecía que no llegaría nunca, pero no hay nada más cierto en esta vida como el correr del tiempo. Uno se hace más consciente en el extranjero de su paso veloz, como si la nueva rutina hiciera más evidente la apacible existencia que se deja atrás.

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Sídney

Road Trip australiano

Por Cristina Sanabria

Uno de los privilegios de vivir en Australia es poder viajar por sus alrededores. El otro día decidí con mi grupo de amigas alquilar un coche e irnos a un maravilloso lugar llamado Jervys Bay, situado a tres horas de Sydney.

Lo primero que me llamó la atención del coche fue la matricula, ‘xaxi’. Una matricula que dice Sunshine State, es ya de por sí una señal de que vas a hacer un viaje de guays. (más…)

Vilnius

Remolacha, vodka y semillas de amapola

Por Elisa Rodríguez

Para nuestra generación, Lituania es ese país báltico pegadito a Rusia, que siempre confundíamos con Estonia y Letonia a la hora de aprendernos las capitales en 1º de la ESO (¡o todavía!). Para la generación de nuestros padres, es simplemente la antigua URSS. Por eso la reiterada pregunta “¿Por qué Lituania?” apareció de primera mano por parte de mis padres, y yo por aquel entonces ni me imaginaba que sería una constante en los siguientes meses de mi vida. Es posible que esa pregunta me persiga durante mucho tiempo, porque la experiencia de Lituania marcará sin duda un antes y un después, hasta que nos acostumbremos todos a que la gente opte cada vez más por viajar, estudiar y trabajar en países aparte de Alemania, Inglaterra o Estados Unidos.

Sin duda el panorama está cambiando mucho. Bueno, como siempre ha estado cambiando, pero soy joven e ingenua, y muchos acontecimientos naturales que experimento me resultan revolucionarios. Sin embargo, no son más que eso, naturales. En mucho tiempo no se había registrado tanta emigración en España. Quizás por eso estemos descubriendo todos en masa la enorme diversidad del mundo, abriendo los ojos al fresco exterior, a la oscuridad, a los prejuicios que nos puedan agredir día tras día, al racismo, a la inmensa belleza de lo ajeno, a aquellas costumbres que jamás leímos en una guía turística porque son indescriptibles, a las infinitas posibilidades que este mundo de locura y cordura nos ofrece en cada pequeño espacio. Todo esto siempre ha existido, pero los bocados de realidad que nuestra generación da cada día no dejará indiferente a nuestra idiosincrasia, creando una marca de agua que nos distinguirá, probablemente para bien, de generaciones anteriores.

Ya conocía este sentimiento de antes, cuando volví de pasar un año de aventuras en París: al volver a casa y observar la apacible vida de los padres, enfrascados en un día a día que conocen bien y donde encuentran un equilibrio, para mí perdido –por fortuna o infortunio, pero seguro por elección propia-, entre pequeños placeres diarios, rutina rítmica, productiva y feliz mezclada con sueños factibles (proyectos bucólicos o exploradores), una se pregunta si los monstruos antropófagos de esta selva llamada civilización para ellos solo están en los noticiarios de la tele. Vuelvo a casa y todo vuelve a ser igual, como si no hubiera pasado nada. Como si aquel miedo o euforia alejada de toda comodidad no hubieran existido. Nadie sabe lo que has vivido, por más que lo cuentes. Ellos no saben que hubo gente que no se apiadó de ti, ni saben que te perdiste en un mar de dudas, de bonitos cabellos rubios, de paisajes blancos, de nuevos tejidos y colores en la fría soledad del país con la tasa de suicidio más alta del mundo.

Elisa Rodríguez2

No lo saben, pero saben otras muchas cosas de las que yo no tengo ni idea. Hasta cierto punto (y digo hasta cierto punto), cada cual elige el monstruo al que quiere enfrentarse, pero todos tenemos que enfrentarnos a alguno. A mí me fascina mirar atrás y observar cómo los míos son tan distintos a los que yo podría haberme imaginado, y sin embargo los elegí yo. Así como los de mi futuro siguen, muy probablemente, escapando a mi imaginación.

Por eso escogí lo que yo consideraba un chicle poco mascado, un sitio diferente, un destino poco común, del cual no se conoce cliché ni estereotipo, donde yo podía llegar como un cuaderno en blanco que impregnar de olores, colores, sabores, placeres y dolores. Y para quien vaya a Lituania con la misma idea, hablaré en abstracto para no ser yo quien impregne su cuaderno, sino él mismo. Vilnius tiene mucho que escribir en tu cuaderno porque es una ciudad que enseña. Enseña los dientes y enseña a conocerse a uno mismo. Es hipócrita y sincera al mismo tiempo, mientras recupera tu lado salvaje y hace que te olvides de dar las gracias –pero con el tiempo aprendes a adivinarlas entre las palabras que no se pronuncian-. Su frío esconde tu rostro y te vuelve aún más anónimo, mientras poco a poco descubres que ya todo el mundo te conoce. Y, según una teoría engendrada tras año y medio de curiosidad, lo que puede parecer contradictorio a tus ojos es lo que equilibra el silencioso ruido de las calles de Vilnius.

Autora (texto y fotos)
Elisa Rodríguez

Berlín

Aterrizar acongojado

Por Ignacio Urquijo

Acababa de empezar abril y a pesar de eso el panorama era desolador. Nos acercábamos al aeropuerto de Berlín y, mirara hacia donde mirara desde la ventanilla, solo podía ver hectáreas y hectáreas de un manto blanco. «Hay mucha nieve», le comenté aterrado a mi compañera de asiento, una alemana a la que había escuchado chapurrear algo de español con el personal de vuelo. «Hace nieve desde meses», me contestó con una sonrisa apaciguadora que no consiguió relajarme. Fuera, el frío se hizo mucho más evidente. Mi viaje, que había comenzado unos días antes en Cáceres -y donde por cierto estuvo a punto de acabar, el tren se paró en algún punto cerca de Cañaveral y allí nos dejaron sin ninguna explicación seria durante más de dos horas- por fin había terminado. (más…)

México D.F.

Distrito Federal: ciudad para supervivientes

Por Almudena Barragán

En la ciudad de México -Distrito Federal- todo es a lo grande. Las calles, las plazas, las distancias, el tiempo.

Desde que tu avión empieza a aterrizar, te das cuenta de la inmensidad del «hormiguero» que aloja a más de 21 millones de personas. 21 millones de historias. 21 millones de vidas que intentan tomar el metro a la vez que tú en hora punta.

Hace poco leía en una pared que el DF es para supervivientes, y cuanto más vivo en esta ciudad, más lo creo. Si no has corrido peligro de que te atropellen un par de veces al día, no has sentido opresión en las costillas al intentar subir al metrobús abarrotado de gente en la glorieta de Insurgentes, Moctezuma no se ha vengado de ti al comer en un puesto de tacos en la calle, no te has «enchilado» por principiante pegándole un mordisco a un chile habanero -el más chiquito y el más picoso de todos-, o si no has acabado cantando a pleno pulmón con un grupo de mariachis en Garibaldi, no has vivido del todo en «DFctuoso».

Llegué a «Chilangolandia» hace casi dos años con una maleta, una mochila y una caja de madera llena de cartas y fotos de gente querida.

Mi familia pensaba que estaba loca, que se me pasarían las ansias de viajar en un rato. Todavía recuerdo aquella paella de domingo en casa de mis abuelos, bañada en lágrimas. Que si ya no iba a volver, que si me iba muy lejos… Al final volví a Madrid, pero sólo de vacaciones.

Después de trabajar tres meses en DF, cuando tenía que marcharme, la ciudad monstruo me invitó a quedarme un poco más, y un poco más. Y aquí sigo.

Supongo que como pasa con la mayoría de ciudades grandes, o las odias o las amas. La Ciudad de México no es una excepción. Aunque son tantas las cosas mágicas que pasan en cada esquina, que apenas hay hueco para el resentimiento, y si no, no hay nada que una buena michelada y una sopa de tortilla no curen.

Antes de llamarse México, la ciudad era conocida como Tenochtitlan, la gran capital del imperio azteca, asentada sobre un lago y rodeada de volcanes. Los aztecas dominaban todo el valle en el que vivimos metidos como hormigas. Así es, vivimos sobre un enorme lago desecado, obligado a desaparecer; y que a pesar de no verse, sigue ahí, igual que la gran Tenochtitlan.

De la ciudad azteca sólo quedan vestigios y piezas guardadas en museos, pero su esencia se puede apreciar en la gente, en la música, en la comida, en los ritos y bailes; en la cara y en el alma de los capitalinos. Una idiosincrasia mitad indígena, mitad criolla que me fascina.

En México caben muchos méxicos. Algunos alegres, otros muy tristes. Este país no sólo tiene todos los colores del mundo, sino toda la escala de negros y grises enlatados que puedas imaginar.

¿Que por qué sigo en México?

Cuando le dices adiós a esta ciudad, le pides a la vez que nunca, nunca te olvide, como en la canción de José Alfredo. Y porque como cantaba Chavela, “uno vuelve a los viejos sitios donde amó la vida”, y yo en México he aprendido a querer a esta perra vida un poco más.

Autora
http://hemisferiozero.com/author/almudena/
@Muna_Bargan

Foto de portada: Alonso Crespo

Amán

Aterrizar en Amman no significa aterrorizarse

Por Laila M. Rey

Aterricé en Jordania el pasado 4 de julio. Acababa mi Máster en Relaciones Internacionales en Madrid y sentía que debía tomar una decisión importante y que llevaba tiempo posponiendo: volver a Oriente Medio. Elegí Jordania porque hablan un dialecto muy similar al que se habla en Siria, con el que ya estaba familiarizada. También porque Siria y Jordania comparten frontera y me parecía una buena idea seguir aprendiendo el idioma lo más cerca posible de mi familia siria.

Los medios eran limitados y no conocía a nadie, pero tenía determinación y decidí buscar por mi cuenta. Cierta persona me recomendó una página en Internet donde hoteles y granjas alrededor del mundo ofrecen comida y alojamiento a cambio de trabajar ciertas horas al día. Encontré varios hostales en el centro de la capital jordana, uno de ellos me convenció y sin pensármelo mucho compré el mismo billete de avión que un amigo palestino había adquirido un año atrás para viajar de Madrid a Amman.

Llegué en taxi a un hostal del centro de la ciudad a las 4 de la mañana. Dos trabajadores del hotel me esperaban en recepción y me ayudaron a subir las maletas. Al día siguiente, conocí a Zhou, un voluntario chino que trabajaba en el mismo hotel. En su compañía conocí “el balad” (البلد), que es el centro de Amman, también llamado Downtown. Comprende básicamente tres lugares importantes: al-Qal’a (القلعة) o la ciudadela, encaramado a una colina que aquí llaman montaña o Jebel (جبل); el teatro romano (Almudarech al romani o المدرج الروماني)  y la mezquita Hussein (الجمع حسين).

Laila (1)
Zhou trabajando en el hostal

Para aquellos que penséis visitar Jordania este verano, ahí va mi primer consejo: no os fiéis del mapa. Amman está enclavado entre montañas y calcular las distancias sobre planos en dos dimensiones no sólo es desaconsejable sino contraproducente. Creerás que Rainbow Street está a sólo 5 minutos andando desde la mezquita Hussein hasta que te pongas a andar y acabes con la lengua fuera subiendo una larga pendiente interminable. Recuerda que Rainbow Street está en Jebel Amman y que, como su propio nombre indica, encima de una montaña.

Con el tiempo aprenderás a tomar atajos. Si algo bonito tiene la ciudad son las escaleras escondidas que, como cascadas vistas desde arriba, pueblan cada callejón del balad y que al subirlos os llevarán a los barrios que rodean el centro histórico, donde normalmente viven los expatriados.

Dentro de los tres puntos cardinales mencionados, que forman el triángulo de las bermudas jordano (en donde te perderás los primeros días) encontrarás zonas de ocio, tiendas de regalos, heladerías, restaurantes… y un mercadillo de verduras, donde respiraréis el auténtico Amman.

Durante el primer mes también aprendí que Amman se divide en rotondas, ‘circles’ en inglés o دوار en árabe. La rotonda más cerca al balad es la primera, ‘the first circle’ o الدوارالاول . Una de las calles que comienzan en esa rotonda es la famosa Rainbow Street y la llaman así tanto jordanos como expatriados. Es una calle larga poblada de cafeterías donde los jóvenes salen a pasear, también es uno de los lugares que más recomiendan hoteles y agencias de viaje a los turistas cuando acaban de visitar el recomendado City tour por la ciudad. Allí podréis encontrar cafés con Wifi para poder conectaros al mundo virtual tras largas horas caminando.

En tres días, aquellos a los que les guste andar tendrán una noción bastante aproximada de las distancias entre los lugares más interesantes del balad. No recomiendo coger taxis. Sí recomiendo aprender nociones básicas en árabe sobre cómo encontrar un lugar o recurrir al inglés. Muchos a los que preguntéis no sabrán dónde queda tal calle, pero os sorprenderá la hospitalidad de los jordanos; siempre dispuestos a ofrecerte un té y ayudarte en momentos de desorientación. En caso de lugares muy específicos, sí os recomiendo visitar el centro de visitantes, que queda muy cerca del Teatro Romano.

Una vez ubicada me dispuse a conocer a mi nueva familia. Todos mis compañeros de trabajo eran masculinos. La gran mayoría árabes (jordanos, sirios, egipcios, sudaneses) y, aunque eso pueda parecer un impedimento, en realidad nunca tuve ningún tipo de problema, salvo una vez. Todavía hoy me alegro de haber vivido mis primeros meses en aquel hotel y rodeada de tantos árabes porque fue una sumersión lingüística de gran relevancia. En poco tiempo ya era capaz de entender dialecto como no había podido hacerlo en seis meses en Siria.

En el hotel trabajé mano a mano con mis compañeros. Aunque por ser mujer el jefe intentaba que no trabajara en cosas que requirieran gran esfuerzo físico, había días que el housekeeping no daba para más y él y unos cuántos nos repartíamos las habitaciones. Luego, por la tarde, debía atender la cafetería, ya que resultaba ventajoso que alguien explicase a los clientes en su idioma las posibles excursiones que el hotel ofrecía en privado a los castillos del desierto, al Mar Muerto, a Petra, etc.

He de decir que, como todo riesgo –y era consciente de que aquel viaje lo era- también encontré inconvenientes. El primer mes trabajé pocas horas al día, pero con el tiempo el jefe empezó a exigirnos más de ocho. Los últimos meses los pasé madrugando a las 6 de la mañana para poner el desayuno. Era la parte más dura del día. Debíamos colocar y desmontar el mismo día todos los platos con la comida, vasos, cubiertos, tenerlos relucientes antes de las 7 de la mañana, que es cuando se abría el buffet. Tener las mesas limpias, barrer el suelo, colocar cojines. Quizá lo que peor llevaba era transportar las bandejas cargadas desde la cafetería a la cocina, porque mi espalda empezó a quejarse; aunque por otro lado ejercité mucho los músculos de los brazos (a todo hay que sacarle algo positivo, como todo expatriado sabe).

A las 10 de la mañana terminaba el primer turno, aunque solía quedarme hasta las 11, cuando venían a remplazarme. El segundo turno era de 6 a 9, durante el cual conocí a muchos turistas de todo el mundo, bailé dabke –baile tradicional jordano- con mis compañeros, aprendí a cocinar Mansaf –el plato típico jordano- y conversé con mis compañeros sobre temas tan amplios como el drama sirio, las mujeres, el Islam. Fue como tomar el pulso a una generación de árabes exiliados y ser partícipe de primera mano de sus preocupaciones, sus miedos y sueños.

Tuve varios encontronazos con el jefe que no merecen ser recordados con resentimiento sino como anecdóticos, pero  lo que más me hizo sufrir estaba por llegar y tenía nombre y rostro. Se llamaba Michael, era medio jordano medio estadounidense y entró para trabajar como otros muchos hacían. Se quedó en el hotel durante dos semanas.

No hablaría de la forma sutil con la que intentaba engatusarme si no fuera por las consecuencias que conllevó mi negativa, como cuando intentaba regalarme cosas a cambio de un abrazo –esto está mal visto en el círculo social conservador en el que yo me veía obligada a desenvolverme-. Cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir nada, me declaró la guerra. Consiguió que, de la noche a la mañana, el jefe le entregara toda su confianza y se hizo el dueño y señor de la cafetería. Los malos tratos, en la forma de hablar y dirigirse a mí y a todos, eran constantes. Tan obvios que los propios clientes se indignaban, pero como el jefe estaba cegado por lo meticuloso que era su nuevo pupilo –cada día le entregaba un Dailyreport sobre lo que habíamos hecho cada uno, sobre todo hablando de lo malo- nadie se atrevía a decirle nada.

Al final la tensión se hizo insostenible y se desbordó. Uno de mis compañeros, al que acusaba de ser un ladrón, se descontroló y lo amenazó verbal y físicamente. Cuando pudimos contenerle y llevarle fuera, Michael intentó llamar a la policía y cuando se lo intenté impedir, me dio un codazo sin querer. A pesar de todo, el jefe no albergaba aún ningún tipo de duda sobre su profesionalidad y lo mantuvo en el puesto. Fue al mediodía, cuando por un malentendido del que me acusaba deliberadamente, actuó de forma maleducada frente a unos clientes; es entonces cuando firmó su sentencia final. A pesar de que intentaron hacerle entrar en razón, terminaron por poner al jefe al corriente. Si no llega a ser por una de ellas, que se acercó a decirme que no tenía por qué aguantar aquello, es posible que aún siguiera allí. Michael estaba de patitas en la puerta media hora después.

Termino con una reflexión. Uno de los grandes problemas de un expatriado es la inseguridad. Sentir inseguridad en un sitio nuevo es algo muy normal, algo lógico teniendo en cuenta que llegas a un lugar diferente, donde se habla un idioma que no conoces y te encuentras con personas a las que tienes que dar cierta confianza para sociabilizar. Hay que estar muy seguro de uno mismo -y lejos del hogar es difícil- para que algo injusto que te ocurra no te desmotive. Hay que tener mucho cuidado en quién confías y ser precavido, sobre todo al principio, hasta que el tiempo te otorga la capacidad de discernir qué personas pueden ser un problema en tu vida y cuáles pueden facilitarte el camino.

El miedo es, desde mi punto de vista, uno de los peores enemigos para un expatriado. El miedo a la vergüenza te perjudica al aprender un idioma, el miedo a la soledad te bloquea, el miedo a lo desconocido te hace inseguro y la inseguridad puede ser aprovechada por otra persona que no tenga ningún reparo en utilizarte. Por eso, vencer los miedos es fundamental para el bienestar de uno mismo. Esas fronteras mentales que construimos pueden ser superadas en segundos, tan sólo hay que ir a la raíz de aquello que nos aterroriza y liberarlo, afrontarlo sin subterfugios. No hay mejor manera para afrontar una nueva vida que hacerlo sin miedo.

La autora, mimetizándose con la sociedad jordana.
La autora, mimetizándose en Jordania.

Autora
Laila M. Rey
laverdadtrasvisible.blogspot.com
@laila_mu

Foto de portada (publicada bajo licencia Creative Commons) : el aeropuerto de Amán, Queen Alia International.

Sídney

El fallo de pensar

Por Cristinia Sanabria

Siempre he dicho que prefiero a Platón. Él tiene dos mundos. El inteligible y el sensible. Ideas frente a cosas. Alma contra cuerpo. En cambio siempre odié a Nietzsche, porque él niega este dualismo. Él habla del nihilismo, de la conciencia, las reflexiones, el pensamiento… Y pensar es lo único que no hice cuando tomé la decisión de venirme a vivir a Sidney. (más…)

Edimburgo

¿Y por qué te vas?

Por Silvia Sánchez

Principios de agosto en Madrid, calor infernal, me lío la manta a la cabeza con una amiga y nos compramos un billete de ida para Edimburgo, un lugar del que habia oído hablar maravillas a alguien cercano pero en el que jamas habia puesto un pie.

En apenas un par de meses me despedí de mi familia, de mis amigos, de mi novio. ¿Y por qué te vas? Solía ser la pregunta recurrente. Pregunta para la que carecía y todavía carezco de respuesta.

Por entonces vivía bajo el techo familiar y tenía un trabajo más por gusto que necesidad, el cual me permitía costear pequeños viajes, pequeños caprichos. No me faltaba de nada y sin embargo la frase “How many things I have no need of”, que dijo Sócrates, resonaba en mi cabeza. Tal vez lo único que mi vida necesitaba era un empujón, riesgo, un poco de incertidumbre.

Mis primeros dias en Edimburgo permanecen intactos en mi memoria. ¿Sabéis esa sensación excitante al visitar un lugar nuevo? ¿La intriga al poner tus pies en suelo extranjero? Saber que no tenía billete de vuelta no hacía más que alimentarla. Pasear por calles de cuento cada día, no reconocer caras, ver más pelirrojos en un día de lo que había visto en toda mi vida. Los planetas se alinearon y hasta encontré trabajo (del que todavía disfruto) en menos de una semana.

Unas tres semanas después tuve una discusión con mi amiga. Sin tener donde esconderme, viviendo en un hostal en el que compartía habitación con seis desconocidos, mi única opción fue salir a dar un paseo para poder pensar con tranquilidad. Mis instinto me llevó calle abajo. Cuando quise darme cuenta, estaba a los pies de una montaña. ¿Una montaña en plena ciudad? Mis pies se pararon. La tensión acumulada desde que llegué hizo que las lágrimas empezaran a resbalar por mi mejilla. De repente me sentí pequeña, insignificante, y triste. Ser testigo de algo tan bonito y no poder compartirlo con nadie. Pero entonces me di cuenta… Me habia enamorado. Estaba sola, sí, pero en un lugar asombroso. Todo iba a salir bien.

Y todo empezó a rodar.

El invierno no había hecho más que empezar cuando me mudé a un piso compartido con un francés y un escocés. Descubrí entonces que el término “limpio” es relativo para ciertas personas, y de repente echaba de menos la figura materna y sus reglas en el hogar.
Los días cada vez eran más cortos, y pronto la luz del día duraba lo mismo que una jornada laboral de 8 a 4. Cada día hacía más frío, y pronto empezó a nevar. Y siguió nevando durante días. La misma nieve que parecía disgustar a todo el mundo, a mí me llenaba de felicidad. Estamos hablando de alguien que ha vivido toda su vida en Madrid, y que ha visto la nieve, o mejor dicho, cuajar, veces contadas con los dedos de una mano…
Días volviendo a casa andando a menos 15 grados, tardes en el trabajo sin entender ni una palabra cuando me hablaban clientes, la Navidad cada vez más cerca… Mi primer invierno fue intenso. Especial. Diferente. Y no era más que el principio…

Y ahora, después de casi cuatro años, la pregunta con la que más me tropiezo es: ¿Por queé estás aqui?

Lo bueno de Edimburgo es que, aun siendo tan pequeño (medio millón de habitantes en comparación con los casi cuatro de Madrid ciudad), no deja de sorprenderme. Si tienes un mal día, sal por la puerta y anda, sin rumbo. Callejea. Piérdete. Entra en todos los ‘closes’ que te encuentres en el camino y maravíllate cuando al girar la esquina te encuentres con un castillo ante tus pies. Piérdete entre sus ‘charity shops’, ve a los ‘Meadows’ si el tiempo lo permite, bébete una pinta en un bar de la ‘Old Town’.

Estas fascinantes calles están llenas de historia, y hay algo en ellas que agarra tus problemas y los hace desaparecer bajo la lluvia.

Foto: La entrada del ‘Scottish National Gallery of Modern Art’

Autora (texto y foto)
Silvia Sánchez
500px.com/silviosis

Amán

Declaración de intenciones

Por Laila M. Rey

¡Hola! Mi nombre es Laila y soy una española expatriada en Jordania, un país de Oriente Próximo muy conocido entre los españoles. El reino Hachemita, para los más pipiolos en la materia, limita al norte con la castigada Siria, al este con Irak, al sur con Arabia Saudí y al este con la tierra de Palestina, actual Estado de Israel.

Los visitantes que recién regresan de estas tierras os hablarán, aún extasiados, de las maravillas de Petra y del Tesoro que se esconde tras el Siq; o del desierto de Wadi Rum, del que Lawrence de Arabia se enamoró mientras luchaba junto a los árabes para detener al Imperio Otomano en su avance hacia el golfo pérsico y en donde se grabaron las hermosas imágenes de su famosa película; o del Mar Muerto, el punto más bajo de la tierra, donde el agua tiene tanta salinidad que los cuerpos flotan.

Todas esas imágenes del imaginario colectivo, entre camellos y beduinos vestidos con la tradicional kufiyya roja, acuden como ráfagas de luz cuando alguien oye hablar de Jordania. Pero, ¿es eso todo lo que hay en Jordania? Para contestar a esa pregunta, hice las maletas y cogí un avión. No quería que nadie me lo contara. Soy una periodista curiosa que ha decidido armarse de valor y afrontar el sueño de su vida: escribir desde Oriente Medio.

Para llegar hasta aquí he tenido que renunciar a muchas cosas. Primero lo intenté en Siria: mi Plan A. Invertimos en una casa, me trasladé a vivir allí en septiembre del 2010, tras licenciarme. Durante seis meses conviví con mi familia siria –mi padre es de la ciudad de Homs- hasta tal punto que, cuando empezaron los disparos –con el comienzo de las protestas-, tuvieron que recordarme que era española y que tenía que irme del país por mi seguridad. Apenas pude contar lo que estaba viviendo por miedo a las repercusiones que podría tener sobre la familia que dejaba atrás, desprotegida. Desde entonces he perdido a tres primos.

Tuve que empezar de cero mi plan B. En julio del año 2013, dejé mi cómoda vida en Madrid –tras finalizar dos masters- y aterricé en un hotel de la capital jordana no precisamente para unas vacaciones: limpié habitaciones, trabajé de camarera, aguanté los gritos de un jefe que trataba a sus empleados como animales y sentí la primera patada en mi precioso y respetable culo. Tras trabajar cinco meses casi sin descanso en aquel hotel del centro de Amman, una noche me echaron por defender al voluntario nuevo. Me hicieron un gran favor porque a los tres días encontré mi actual trabajo en la agencia y además, me llevé conmigo un porrón de amistades nuevas.

Acabé en el piso de una amiga samaritana que me acogió en su casa hasta que nos pudimos mover a algo más grande, nuestra actual casa desde donde ahora escribo estas líneas. Estos seis meses de silencio han sido necesarios para afrontar todos los retos que se presentaban, para asentarme y pensar en el paso siguiente. Y el paso siguiente era éste, empezar a escribir sobre cómo es la vida en Amán para un expatriado, y de paso, sacar de la oscuridad mediática otras historias de interés humano de primerísimo orden.

Escribir sobre esta realidad –la otra, la que no sale en revistas de viajes-  se ha convertido en un compromiso ineludible. En primer lugar, porque he invertido mi tiempo y esfuerzo en aprender un oficio -el periodismo- y una lengua -el árabe- durante los últimos años y ha llegado el momento de demostrar que ha valido la pena renunciar a cosas importantes para llegar hasta aquí. En segundo lugar, porque mi ascendencia siria me compromete a estar a la altura de unos valores por los que personas que quería dieron su vida desde que empezara la revuelta contra Asad. Y en tercer lugar, porque tengo la convicción de que nada en esta vida injusta cambiará hasta que cada uno de nosotros comience a sacrificarse por aquellos que sufren.

Me aferro a estas palabras porque, de no seguir escribiendo en este espacio que me ha cedido mi amigo Nacho, es posible que renuncie definitivamente a mi sueño y vuelva derrotada a Madrid. El periodismo en estos tiempos difíciles no sólo sigue siendo transcendental, sino que además es imprescindible para reconocer las raíces del problema que lleva a la humanidad, desde hace varias décadas, a su inexorable degradación. También es fundamental para tender puentes entre culturas, lenguas y formas diferentes de mirar el mundo, porque sólo juntos podremos cambiarlo. El periodismo, en su versión más noble, humilde y rigurosa, hace que abramos los ojos al espanto, que lo reconozcamos y lo rechacemos, nos obliga a no mirar hacia otro lado.

El periodismo comprometido también es amargura, asumir la vida tal como es, mirar de frente la realidad con su crudeza y sus calamidades, soportar el peso del mundo que otros ya no pueden aguantar. Hay historias humanas que más que llenarte de emoción te vacían al contarlas, te dejan con el alma agujereada. Son las botellas que se tiran al mar con la esperanza de que el mensaje llegue a quien sepa aprovecharse de él, temiendo que el resto pase la mirada sólo por encima en el oleaje informativo diario.

Tengo que dedicarme a esto porque, al fin y al cabo, unos cuantos colegas periodistas siguen secuestrados en Siria por querer contar al mundo las miserias de una guerra que empezó un dictador contra su pueblo y que ha acabado por atraer a los extremistas que nos han tapado los ojos para que no sepamos. Sin los periodistas, sin el periodismo, nos quedamos ciegos.

Termino mi declaración de intenciones con los temas que aquí trataré: hablaré de la vida de un expatriado en Amman sin dejar de lado los atractivos turísticos de este hermoso país, la dificultad para informar de una novata en el mundo del periodismo, mis logros y fracasos en los proyectos que intentaré moldear a lo largo de los próximos meses y daré rienda suelta a mi creatividad.

Ya iba siendo hora.

Autora
Laila M. Rey
 laverdadtrasvisible.blogspot.com
@laila_mu

Berlín

Preparando la partida

Por Ignacio Urquijo

Me voy a Alemania. Dicho así, no suena muy impresionante, uno más. Pero para mí es todo un acontecimiento. ¡Me voy a Alemania! Ese lugar que sale tanto por la tele, que ocupa tanto tiempo en los telediarios, que nos está haciendo, supuestamente, tanto la puñeta.

¿Por qué me voy a Alemania? Ya conocen la frase de Ortega y Gasset , «yo soy yo y mis circunstancias». Y mis circunstancias son que acabé la carrera de Periodismo hace dos años, el Máster hace uno y el título de inglés hace seis meses, por lo que me he quedado sin cosas que estudiar. Así que ahora me toca trabajar. (más…)