Diario vienés de mi primera media maratón

Por Nacho Urquijo.

8,08

Domingo, 25 de febrero de 2024.

Hoy he corrido algo más de 8 kilómetros, lo cual me parecería un gran logro no hace mucho. Ahora, en cambio, me sabe a poco, sobre todo teniendo en cuenta que en dos meses debería estar corriendo 21.

¿Por qué he decidido sufrir durante dos horas de carrera continua? Supongo que por la misma razón por la que aprendí a tocar la guitarra o a hablar alemán: porque me aburría y necesitaba una motivación que me sacara del peso de la rutina.

Tocar Wonderwall o pedir un café en alemán también parecían extremadamente difíciles la primera vez que cogí una guitarra o vi la lista de declinaciones del acusativo. Y ahora puedo, con algún acento desafinado, hacer las dos cosas. Así que he decidido repetir el mismo procedimiento de trabajo para alcanzar los 21 kilómetros: ser constante y no dejarlo, por muy frustrante que pueda ser la primera curva de aprendizaje.

En honor a la verdad, mi experiencia como corredor amateur comenzó hace unos años (mi aplicación del móvil ya registró carreras en 2015). Pero nunca he corrido más de doce kilómetros seguidos, por lo que la media maratón se presenta como un reto.

Llevaba un tiempo rondando mi cabeza dar el paso. Ya me picó la curiosidad cuando leí el libro de Murakami De qué hablo cuando hablo de correr, en el que cuenta sus propias experiencias preparándose para maratones y ultramaratones (su pasaje describiendo cómo pierde la noción de ser un humano mientras avanza para completar una carrera de 100 kilómetros todavía me acompaña varios años después de haber leído el libro). Pero nunca me lo había planteado.

Hasta que llegué a Viena. 

Viena es para las maratones lo que el Maracaná para el fútbol o Roland Garros para el tenis. Aquí es donde se ha corrido la maratón más rápida del mundo, de la mano de Kipchoge, y es una de las ciudades donde es más sencillo echarse a correr a la calle, con su combinación de parques públicos que no cierran de noche, agradables paseos junto a kilométricos ríos (gracias, Danubio azul) y la explanada en la que el propio Kipchoge batió la famosa marca, que está enclavada en el corazón del parque de Prater, en el centro de Viena, el lugar en el que precisamente corrí esta mañana los comentados 8 kilómetros.

Así que cuando nos mudamos a la capital austriaca, hace dos años, empecé a planteármelo como una verdadera posibilidad. 

Llegamos a Viena en enero de 2022 y ese primer año no me enteré de cuándo era la maratón, con toda la marabunta de aterrizar en un nuevo país y de intentar orientarme entre nuevas costumbres, calles y colores.

Pero el segundo año fui muy consciente, y el 23 de abril de 2023 pude ver de primera mano a los corredores intentando completar la maratón y constatar, muy fehacientemente, que yo no estaba entre ellos. 

“¿Por qué no te has apuntado este año?”, me preguntaban retóricamente las voces de mi cabeza. Y no tenía respuesta. 

Podría haberme auto contestado que no tenía tiempo. Y en cierto sentido era cierto. En abril del año pasado acababa de terminar un extenuante proceso de selección que casi me lleva a conseguir un nuevo puesto de trabajo en Nueva Delhi. Pero me quedé a las puertas. No crucé la meta, por seguir con el símil fácil.

No obstante, la cuestión de la falta de tiempo es un comodín que no me sirve como excusa. Porque a pesar de que no soy un experto en motivación ni de haber leído “Atomic Habits”, sé que el tiempo se expande conforme más cosas le vas metiendo en su interior. Y también he comprobado, desde el año 2015, que correr no resta, sino que ayuda a sumar, compartimentalizado el día, despejando la mente, limpiando toda la basura que se acumula en una esquina de tu cabeza y permitiéndote continuar con el resto de objetivos de la semana con mucha mejor disposición. Y además me gusta.

Así que cuando llegó enero de 2024 y volvió a publicarse una nueva convocatoria de trabajo, esta vez en Manila, y volvieron a abrir el plazo para participar en la próxima edición de la maratón de Viena, ya no me quedaban excusas. Me he marcado entre ceja y ceja conseguir ambos objetivos.

Y aquí estoy, a finales de febrero y con dos retos que podría materializarse al mismo tiempo. Me he apuntado a la media maratón de Viena, el 21 de abril, y he aprobado el examen que me permite seguir avanzando en la convocatoria del nuevo puesto de trabajo, que muy probablemente termine resolviéndose por las mismas fechas.

Por delante tengo dos meses de salir a correr como preparación para la carrera más larga que he hecho en mi vida y para, potencialmente, mudarme al país más lejano en el que he vivido hasta ahora.

Y aquí lo iré contando. Carrera a carrera.

Final de la carrera en Prater, recibido por Toni.

9,10

Viernes, 1 de marzo.

Me reservé durante la semana para salir a correr de nuevo más distancia de la habitual y la ciudad me lo puso fácil. Me dejó correr con un tiempo perfecto, ni frío ni calor, por las calles que me llevaron hasta el Danubio.

Seguí una de mis rutas habituales y me siento muy afortunado de poder trotar por este escenario. A falta de grandes parques por el centro de Viena, he creado un recorrido que me permite avanzar de forma entretenida: paso por delante de la Embajada de Francia, un edificio Art Noveau que me produce fascinación y un poco de vergüenza ajena al mismo tiempo (como alguien que se ha arreglado de más para una fiesta que no era de gala), atravieso lo que yo llamo la plaza soviética, que es una parte de la plaza de Schwarzenbergplatz en la que después de la Segunda Guerra Mundial erigieron un monumento al soldado soviético, vestigio del control que ejerció la URSS sobre esta parte de la ciudad, y que todavía se puede comprobar en la gran proliferación de empresas rusas que se ven por la zona. Sigo avanzando por delante de uno de tantos edificios dedicados a la música en Viena, la Wiener Konzerthaus, ubicada justo delante de la modesta plaza de Beethoven, para enseguida meterme por un pequeño arco de piedra de estilo inglés que lleva hasta la ribera del río Viena. Este río es el que le da nombre a la ciudad, a pesar de que su caudal es muchísimo más reducido que el del poderoso Danubio. Tras un par de kilómetros de carrera por la ribera del pequeño río, avanzando por un paseo diseñado en el siglo XIX y jalonado por grandes ánforas de color celeste y decoración modernista, se termina llegando a la desembocadura del Viena, que alimenta el Danubio. Para alcanzar el Danubio hay que bajar con cuidado unas escaleras que rodean el edificio Urania, un observatorio astronómico de principios del siglo XX inaugurado por el emperador Francisco José, el de Sisí. Una vez frente al Danubio, hay que decidir hacia dónde seguir corriendo: a la derecha, en dirección a Bratislava, o a la izquierda, en dirección al centro de la ciudad. Durante el día me gusta más ir hacia la derecha, porque la ruta se vuelve más agreste y entretiene fantasear con llegar corriendo hasta otro país, puesto que Bratislava está “solo” a sesenta kilómetros de Viena (aunque para eso haría falta un entrenamiento aún más intenso que el que estoy llevando a cabo para mi primera media maratón).

Por la noche, me suele apetecer más girar hacia la izquierda y entretenerme con las construcciones iluminadas que van apareciendo a ambos lados del río: puentes de colores, rascacielos brillantes, grandes barcos amarrados a la orilla desde los que salen sonidos de fiesta… La ruta se hace fácil porque uno se siente parte de un todo en movimiento, con el gran río oscuro respirando a un lado, como un animal dormido pero latente, y la animación de la ciudad al otro lado.

Y así hasta llegar a los 4,5 kilómetros, que hoy señalan el meridiano de mi carrera. Toca darse la vuelta y volver a ver los edificios iluminados, los puentes de colores, las estrellas de Urania, el pequeño río Viena, hola Beethoven, cómo va ese soviético de piedra, bonjour monsieur Embajador y al final fueron 9,10 kilómetros. Una carrera más, una menos.

Vista de un tramo del canal del Danubio, con los barcos de la fiesta. Fuente.

6,06

Miércoles, 6 de marzo de 2024.

Conseguí arrancar del ruido de la semana una carrera a primera hora del miércoles. Uno se siente especial cuando puede salir a correr en un momento o un lugar en el que normalmente no puede hacerlo. En mi caso, esta última carrera fue doblemente extraordinaria porque la completé una mañana de día laborable y en un escenario de película, los coquetos jardines del palacio de Belvedere.

Para conseguir ambos “logros” tuve que “esforzarme” (con la proliferación de comillas para ponerlo todo en perspectiva). El primer esfuerzo vino porque tuve que levantarme antes de lo normal, comparado con la hora a la que me habría despertado si solo hubiera ido a trabajar y no hubiera metido con calzador esta carrera mañanera. El segundo, porque estos bellos jardines no están pensados para el ejercicio del deporte, sino para el paseo contemplativo de aristócratas hace un siglo y de turistas hoy en día.

A pesar de las circunstancias, o precisamente por ellas, disfruté mucho de la carrera. Acompañado de la lista de reproducción de música, que en estos días me trae a Bob Marley y el último disco de los Rolling Stones, fui completando kilómetros escoltado por  las esfinges felinas con busto desnudo y cara de mujer que salieron de la mente calenturienta de algún diseñador, y que custodian cuidados arreglos florales, setos con formas sacadas de Alicia en el país de las maravillas y rincones reservados en los que las parejas nobles debían de quedar al atardecer para intercambiar confidencias o, si uno se fía de Madame Bovary, para lo que surgiera.

Después de un par de años viniendo a correr habitualmente por estos jardines, he conseguido crear una ruta propia que me permite disfrutar prácticamente de todas las zonas del recinto: doy un par vueltas por el Belvedere alto, que circula alrededor de un lago artificial y donde normalmente se acumulan más turistas, a los que resulta imposible evitar por completo mientras se hacen los selfies de rigor. Debo de aparecer de fondo en cientos de fotos de recuerdo. #belvedere para verme corriendo.

Tras estas primeras vueltas, cruzo una puerta de hierro que queda a la derecha del palacio de Belvedere, donde puede visitarse el famoso cuadro de El Beso de Klimt, y continúo corriendo por un pequeño jardín intermedio. Es en este lugar donde, tras varias visitas a golpe de zapatilla, terminé por encontrar por casualidad una entrada semi escondida que da acceso al parque botánico adyacente a estos jardines. Así que aprovecho y continúo la carrera por el botánico, igual de bien cuidado que el jardín de Belvedere, pero más frondoso, especialmente mi parte favorita, un bosque de bambús, que ha sobrepasado las lindes originales y amenaza con devorar el resto del parque, como en una escena de película del estudio Ghibli.

Tras otro par de vueltas pensando en mi vecino Totoro, vuelvo a cruzar la puerta secreta y regreso a los jardines señoriales de Belvedere, para ahora continuar hacia la derecha, cruzar otra puerta de hierro y acceder al Belvedere bajo, que es aún más impresionante que el alto, tanto por su extensión, tres o cuatro veces más grande que la parte alta, como por su contenido. En esta parte se pueden contemplar elaboradas fuentes con figuras mitológicas que luchan unas con otras mientras echan agua por la boca. Todo enmarcado por el imperial palacio de Belvedere hacia el norte y una vista de los tejados del centro de la ciudad hacia el sur.

Esta parte baja del jardín está inclinada, por lo que el trayecto de bajada es sencillo, adelantando a turistas mientras uno siente el privilegio de poder contemplar habitualmente algo que muchas personas recorren miles de kilómetros para visitar durante un rato. El problema surge cuando toca darse la vuelta y remontar la larga cuesta.

Entonces tengo tiempo para pensar que quizá, en solo unos meses, sea yo el que esté de paso por esta ciudad, si termina por fructificar el procedimiento de empleo en el que estoy inmerso. Entonces me quedarán las fotos, #belvedere, y todos los recuerdos de los lugares por los que corrí y sentí como propios.


7,07

Domingo, 10 de marzo.

Y de repente, Madrid.

El pasado viernes publicaron la convocatoria para la entrevista final de trabajo, que será el martes, con apenas cinco días de diferencia. El sábado ya estaba en un avión que me llevaba de Viena a Madrid y el domingo ya me había puesto las zapatillas para correr por Canal, el lugar habitual de mis carreras madrileñas.

Es difícil condensar en unas líneas las sensaciones de estos días. Regresar a la ciudad en la que viví mis años más formativos, desde los 18 hasta los 23, y hacerlo más de una década después, con la perspectiva de poder conseguir un trabajo de ensueño que podría llevarme al otro lado del mundo… Puede dar vértigo. Quizá por eso salí a correr nada más poner un pie en la ciudad.

El parque de Canal me ha visto correr prácticamente desde mis albores como runner. Recuerdo con mucho cariño los primeros trotes acompañado de Javi y Álvaro, compañeros de la universidad, intentando seguir el ritmo a los corredores más experimentados y siendo adelantados por la mayoría de ellos, riendo al principio, resoplando al final, y siempre con una sonrisa.

Canal también me vio correr en mis momentos más complicados, cuando las consecuencias de la crisis del 2006 me encontraron recién licenciado, con muy pocas perspectivas laborales y sin un plan muy claro que seguir, una vez terminada la universidad y finiquitado el camino establecido. A partir de aquí, debía correr solo. 

Dando vueltas a los 1,2 kilómetros del circuito ovalado de Canal iba desgranando mis sensaciones y dejando destilar lo que sobraba en mi interior, como en una lenta centrifugadora que permite contemplar lo que de verdad importa, separando lo superfluo.

En una de aquellas vueltas decidí irme a Berlín, en el año 2012, y en el 2024 el parque me vuelve a recibir, doce años, cinco países y tres o cuatro vidas después, para de nuevo permitirme reflexionar al ritmo de mi corazón y mis piernas sobre quién soy, qué quiero y hacia dónde voy. 

En esta ocasión, tenía previsto correr seis kilómetros, pero acabé corriendo un kilómetro más de lo planeado. Me siento preparado.


8,08

Domingo, 17 de marzo.

De repente, me he metido en una carrera a la que no estaba invitado. Me parecía emocionante y estoy intentando seguir el ritmo. Lo cuento como metáfora, pero también ha ocurrido de verdad.

Esta mañana, cuando llevaba tres o cuatro kilómetros de carrera por mi circuito habitual en el parque de Prater, de repente vi cómo un nutrido grupo de corredores, bien uniformados con sus dorsales, se encontraban de frente conmigo. Hacían un giro pronunciado hacia su derecha y casi sin pensarlo, en décimas de segundo, decidí que aquello parecía divertido, torcí hacia mi izquierda y me uní a ellos, uno más en una carrera organizada.

No sabía cuánto tiempo habían estado corriendo, ni cuántos kilómetros debían correr, pero me sentía a gusto entre ellos, adelantando y siendo adelantado, apagando la música de mis cascos para escuchar ese rítmico golpeteo de decenas de zapatillas rebotando a la vez contra el asfalto. Aceleré despreocupado, casi llevado en volandas, hasta que me di cuenta de que llevaba un ritmo de 4:30 el kilómetro, lo cual está muy por encima de mi velocidad habitual.

Así que bajé el ritmo, me puse cómodo y pude reflexionar con calma sobre el gran logro que he alcanzado esta semana. Oficialmente, ya puedo decir que he conseguido un nuevo puesto de trabajo en Manila.

La primera parte del reto que mencionaba al comienzo de este diario ya está cumplida. 

La espontánea carrera con la que me encontré hoy me sirve de metáfora perfecta para reflexionar sobre cómo a veces las oportunidades, como las carreras, aparecen en tu camino sin esperarlo, y cómo hay que estar preparado para subirse al tren en marcha, encontrar el ritmo con el que estés cómodo, que a veces es un poco superior al que estás acostumbrado, y disfrutar de la experiencia.

Mientras llega la fecha de incorporación al nuevo puesto, esto es, hasta que ponga un pie en el aeropuerto de Manila, aún queda un tiempo todavía indeterminado. Antes hay que resolver el papeleo de contratos, visados y cambios de domicilio. Hasta que eso llegue, me seguiré preparando, mental y físicamente, con el horizonte de llegar lo mejor posible a la media maratón del 21 de abril en Viena. Por suerte, no dejé escapar esta oportunidad de apuntarme, porque ya no tendré más ocasiones de hacerlo en Viena. La siguiente media maratón ya tendrá que ser en Manila.

Al final de la carrera de hoy, cuando ya solo me quedaban unos pocos cientos de metros para alcanzar los 8 kilómetros que tenía previstos, y ya notaba en mis pulmones y mis piernas el sobreesfuerzo del acelerado ritmo, me encontré con A y el pequeño Toni, que corrían apartados a un lado del camino, despreocupados de todo lo que ocurría a su alrededor. Me transmitieron la energía suficiente para volver a acelerar durante los últimos metros. Junto a ellos terminé la carrera de hoy. Y con ellos también comenzaré las nuevas carreras en Filipinas. Gracias por ser los mejores compañeros de viaje.


10,04

Domingo, 24 de marzo.

La carrera del pasado domingo fue especial por varias razones. La primera, porque estaba programado que fueran 10 kilómetros, una distancia psicológica que no hace mucho tiempo me producía respeto. La segunda, porque había decidido que era la carrera con la que quería celebrar mi cumpleaños, 36 vueltas alrededor del sol. Y la tercera, porque sería la cuarta edición de 10k and cake, una competición creada con mi pareja, oficiosa pero muy profesional, puesto que incluso hacemos camisetas de participación, y en la que después de correr diez kilómetros celebramos la hazaña comiéndonos algún postre.

La primera edición de 10k and cake nació en Zagreb, en lo más duro de la pandemia. Afortunadamente, a Croacia no llegaron las restricciones que se sufrieron en otros países europeos, y pudimos dar vueltas durante una hora al pequeño circuito de 300 metros donde solíamos correr en la capital croata. A pesar de las circunstancias externas, fue un éxito y hemos querido seguir celebrándolo cada año, con sus consecuentes camisetas personalizadas para cada edición.

Así que los mimbres para la carrera del domingo ya estaban fijados y el peso de la extraordinariedad me hizo dudar un poco más de lo habitual de mis capacidades. ¿Estaba preparado para correr 10 kilómetros a buen ritmo? ¿He dormido bien? ¿He desayunado lo necesario? 

Los primeros kilómetros fueron incómodos. Llevaba demasiadas sudaderas, demasiados cinturones elásticos sosteniendo el móvil, la barrita energética, el gel líquido isotónico… La música no era la correcta, las zapatillas estaban mal atadas, no encontraba el ritmo…

Hasta que de repente, imperceptiblemente, todo empezó a encajar y encontré el ritmo que necesitaba. 

Hace no mucho escuché por parte de una corredora profesional de largas distancias que los maratonianos buscan el punto en el que están corriendo como si estuvieran durmiendo. Desconectan el cerebro y se dejan llevar. Murakami también contaba algo parecido en su libro De qué hablo cuando hablo de correr. También hablan de ello en la película Soul de Pixar. Algunos lo llaman entrar en la zona. Para mí, simplemente es desconectar y dejarte empujar por todas las carreras que has hecho antes y que te permiten encontrarte bien con tu cuerpo y sentir la repetición de las zancadas como un ritmo hipnótico. Un pie después de otro pero sin intentarlo.

Y así me fui dejando llevar. El exceso de ropa ya no me estorbaba. Dejé de sentir el peso del cinturón elástico. La música me acompañaba y empezó a llover, pero hasta eso tenía sentido en ese momento, y en lugar de molestarme me ayudaba, refrescado por una caricia de agua en mitad de la carrera.

Y así, como un buda feliz, ajeno al huracán vital en el que me encuentro, fui avanzando, disfrutando y celebrando los 10 kilómetros, los 36 años y la cuarta edición de 10k and cake.

La tarta con la que cerramos la cuarta edición de la competición, en esta ocasión, fue un Papanași, que sentó incluso mejor que la lluvia.


4,48

Jueves, 28 de marzo.

La carrera de ayer fue una carrera normal, pero enclavada en un tiempo y un lugar extraordinarios.

El objetivo era estirar las piernas, sin forzar mucho después de los 10k and cake del pasado domingo, y con miras a correr incluso más distancia el próximo domingo. La media maratón ya está a la vuelta de la esquina, a menos de un mes, y todavía no he pasado la marca de los diez kilómetros en mis entrenamientos, así que no estoy del todo seguro de si podré conseguirlo. 

El plan de trabajo para recorrer los 21 kilómetros es similar al plan que utilizo para el resto de mi vida: se basa en aplicar conocimientos fundados eminentemente en la intuición, la improvisación y la capacidad de adaptación. Todo ello enmarcado en la política de hechos consumados (“me he apuntado a la carrera, ergo tengo que entrenar”) y aderezado por el ingrediente más difícil de conseguir, pero el más valioso, la constancia.

Así que en mi plan de ayer tocaba carrera de recuperación y, aunque me hubiera quedado muy a gusto viendo la última serie de Netflix (Physical: 100) o leyendo la última adquisición de Blackie Books (El Quijote), vencí a la pereza, me puse las zapatillas y me lancé a la noche cerrada de Viena. En esta época del año, eso significa que eran las ocho de la tarde.

Tomé la decisión consciente de salir sin cascos y así despejarme la cabeza con el silencio, dejándome llevar por los pensamientos de la carrera, que a menudo son los más creativos.

Elegí el recorrido que tengo más a mano, el ya conocido de la ribera del río Viena, y saboreé, bajo una llovizna amable, la extraordinariedad de esta normalidad que he construido en Viena, a la que no le quedan muchas carreras por estas calles. Con los pies todavía en Viena y la cabeza ya en Manila.

¿Y el corazón? Empujando.


14,04

Domingo, 31 de marzo

No podía seguir posponiéndolo. Quedan solo 20 días para la media maratón y todavía no sé si realmente puedo recorrer tanta distancia de una forma más o menos aceptable.

Si seguía postergando el entrenamiento en el que quería recorrer más 14 kilómetros, ya no me quedaría tiempo de recuperación antes de la gran carrera. Así que este domingo de final de Semana Santa, con una temperatura ideal y con todavía un día festivo por delante para descansar, era el día perfecto.

Pero una cosa es que las condiciones externas sean óptimas y otra que las internas le acompañen. Antes de empezar estaba nervioso. Por muchas carreras que haya completado ya, a pesar de que he conseguido incluir el ejercicio en mi estilo de vida y que tenga mono si alguna semana no consigo salir a correr las veces que me gustaría, seguía sintiendo la duda de si sería capaz de cubrir tantos kilómetros.

El tener que enfrentarme a la distancia más larga que había corrido hasta ahora me producía respeto y un cosquilleo de primera vez. Pero precisamente por eso, también empecé a correr este domingo con más ganas de lo habitual y con la curiosidad de descubrir si podría ganarme a mí mismo.

Cuenta Murakami en el libro que no dejo de citar en estas páginas, que el corredor de fondo no compite contra otros participantes, sino consigo mismo. Este no es un deporte de equipo, ni siquiera tienes a nadie delante al que devolverle la pelota con más fuerza. De hecho, todo lo que tienes está detrás de ti, y eres tú mismo. Te enfrentas con todos los tiempos y sensaciones que consiguieron tus versiones pasadas. De alguna forma, en este juego, siempre pierdes, porque incluso cuando ganas, el que queda en segundo puesto sigues siendo tú.

Pero sienta mucho mejor que el presente le gane al pasado, por lo que la motivación de cada día siempre se renueva. Por eso comencé a correr este domingo con brío y con estudiada cautela, controlando mi ritmo, dosificando las energías.

El objetivo era completar 14 kilómetros, independientemente del tiempo que me llevara hacerlo, porque la única marca que necesitaba batir era la de la distancia.

Mi última carrera más larga había ocurrido hace seis años, en el 2018, y fueron 12,76 kilómetros, exactamente. En aquella ocasión elegí el parque del Retiro. A pesar de que conseguí correr incluso un poco más de lo programado, fue un desastre organizativo. Nunca había corrido alrededor del Retiro, de principio a fin, así que las cuestas que me fui encontrando me pillaron desprevenido y trastabillado. Tampoco preparé, por alguna razón, agua o alguna barrita energética para tomar durante o después del esfuerzo. Solo cogí un billete de cinco euros con la esperanza de encontrar algún puesto de helados en el que comprar algo de beber y comer al terminar ejercicio. Pero cuando cuando conseguí acabar la carrera, todos los puestos ya habían cerrado (no hay nada más triste que un puesto de helados cerrado) y el billete solo me sirvió para pagar el viaje en autobús de regreso a casa, en el que casi me desmayo por el esfuerzo, mirando por la ventana la puerta de Alcalá, la Cibeles, la interminable Castellana, deshidratado y seco como una pasa por dentro después de haber corriendo una hora y 21 minutos sin pausa.

Conseguí llegar a casa y saqué una lección de todo esto, así que este domingo sí estaba preparado, con mi cinturón de deporte en el que guardé una cantidad innecesaria de geles isotónicos, que me hacían sentir más profesional y me ayudaron a reponer energías durante la carrera, aunque solo fuera por el efecto placebo.

El lugar elegido para la nueva “gesta” también estaba mejor planeado: mi querido parque de Práter, al que ya le he cogido tanto cariño durante estos dos años viviendo en Viena. Objetivamente, como ya he explicado en alguna ocasión, no hay mejor lugar en el mundo para las carreras de larga distancia que este parque. Fue en este mismo recorrido que ahora pisaba yo al ritmo de C. Tangana y Red Hot Chilli Peppers, donde Kipchoge consiguió por primera vez en la historia bajar de las 2 horas para completar una maratón, nada menos que 42,19 kilómetros.

Como conmemoración del logro, han erigido un panel a tamaño natural del propio Kipchoge, brazos en alto, justo en el lugar donde logró la proeza. Como humilde homenaje, durante mi carrera me divertí tocando el cartel a la altura de su mano derecha cada vez que completaba una de las rectas de 4 kilómetros que llevan de un lado al otro de la larga explanada del parque.

Y así, entre geles isotónicos, canciones sobre corazones rotos y saludos imaginarios a campeones olímpicos, fui recorriendo metros, sin apenas fijarme en la distancia que llevaba. Como sabía que iba a ser mucha, había tomado la decisión de no mirar en el reloj los kilómetros que me faltaban y concentrarme más en el numerito que me indicaba el ritmo de carrera. Mi objetivo era mantener uno constante de 5:45 minutos/kilómetro, sin acelerarme al principio e intentando no quedarme atrás en los últimos compases.

La estrategia funcionó y completé los 10 primeros kilómetros casi sin darme cuenta. Pero justo después de cruzar el hito de la decena de kilómetros, la barrera psicológica se hizo patente y empecé a sentir las piernas más pesadas y las caderas como de las de un Playmobil, dando bocanadas como un pez fuera del agua. Ya no podía quitar la vista del ritmo que llevaba, que no dejaba de ralentizarse a pesar de mis esfuerzos.

Cuando estaba a punto de dudar de si podría conseguirlo, superé la marca de los 12 kilómetros y, sin prácticamente intentarlo, empecé a acelerar, sintiéndome incluso mejor que cuando empezaba la carrera. Apagué la música y disfruté con una sonrisa boba de los dos últimos kilómetros, que hice a un ritmo mucho más rápido del programado.

En mi imaginaria línea de meta (un banco del parque) no me esperaba una muchedumbre de fotógrafos ni una medalla para la posteridad, como le ocurrió a Kipchoge. Pero sí estaba Toni, mi perro, que al verme se acercó raudo y entusiasmado a mi encuentro y me acompañó durante los últimos metros de la que a día de hoy es ya la carrera más larga de mi historia.

Gané a mi yo del pasado, y lo hice con estilo, porque tardé una hora y 22 minutos en recorrer los 14 kilómetros, solo un minuto más de lo que necesité para recorrer 12 y pico en la accidentada carrera del Retiro.  

Victoria del presente, en el que ya se está fiando mi yo del futuro. Si todo va como lo planeado, volveré a ser derrotado por mí mismo en 20 días y 21 kilómetros. Y así, ganando y perdiendo, voy pasando el tiempo. Y viviéndolo.


5,02 

Jueves, 4 de abril de 2024. 

Cuatro días después de la gesta personal de los 14 Kilómetros, tocaba volver a salir a estirar las piernas, sin presión. A menudo, estas carreras ordinarias son más complicadas de comenzar que las marcadas en el calendario como grandes acontecimientos, porque un día laborable a última hora de la tarde tiende gravitacionalmente a dirigirse hacia el sofá en lugar de hacia las zapatillas de deporte. Pero de nuevo vencí a la desidia. Son estas pequeñas victo­rias, las silenciosas, las que ocurren cuando nadie está mirando, las que de verdad acaban teniendo peso en la balanza de la vida.

Esta vez, por aquello de que era una carrera casual, decidí salir con las gafas, en lugar de con las lentillas. La idea era correr «solo» cinco kilómetros, así que las gafas no tenían porqué llegar a molestarme dema­siado.

Me equivoqué. Al poco de salir a la calle se puso a llover. La gente que abarrotaba las terrazas de los restaurantes en esta tarde-noche de primavera agradable tuvo que refugiarse bajo los toldos y yo tuve que aceptar que el resto de la carrera tendría que hacerlo con los cristales de las gafas como un parabrisas sin limpia-ídem. 

No obstante, a pesar de la lluvia, la tempera­tura era ideal, y a pesar del exceso de kilómetros de la carrera anterior, mi cuerpo respondía bien al nuevo esfuerzo. Fui avanzando rápido, intuyendo el camino entre las gotas que iban emborro­nando mi visión. Por suerte, he hecho ya tantas veces este recorrido, el de la ribera del río Viena hasta el Danubio, y vuelta atrás remontando, que no tuve problemas para orientarme.

Al final, y gracias a todo el entre­namiento de estas últimas semanas, lo que iba a ser una carrera rela­jada terminó por convertirse en una de las carreras de 5K más rápidas de mi vida. La conclusión, que me siento bien. Por fuera y por dentro. Sigo avanzando a buen ritmo, a pesar de la lluvia y las tempestades vitales que se avecinan. ¿O serán monzones lo que se ve en la distancia? Sean lo que fueran, me siento preparado.


5,11 

Domingo, 7 de abril de 2024. 

La carrera de este domingo fue especial por su escenario: la isla de Chipre. En concreto, la pequeña ciudad de Pafos, al suroeste de la también reducida isla. A pesar de su tamaño, en Chipre caben muchas esencias: dos países (aunque uno está disputado, para añadir al caldo de confusión) el «griego» y el «turco». También conviven tres culturas, la grecorromana (fe de ello son sus espectaculares mosaicos de hace 2000 años con figuras mitológicas), la británica (conducen por la izquierda) y la del cercano oriente (a solo 150 kilómetros del Líbano). 

Pero por encima de todas estas influencias, que le dan a Chipre un carácter de no saber muy bien hacia dónde está mirando, lo que de verdad le da la personalidad fundamental a la isla es el Mediterráneo, que en esta esquina oriental no tiene la personalidad mansa a la que estamos acostumbrados por España. Por el contrario, aquí el Mediterráneo se siente más océano que mar enclaustrado. Entre las agitadas olas, es fácil imaginarse perfectamente a Ulises escapando de monstruos marinos y atándose al palo mayor del barco para no dejarse arrastrar por las poderosas sirenas. 

Precisamente fue en la ruta que elegí para correr los cinco kilómetros de esta carrera,  en la imponente promenada que bordea la costa de Pafos, donde encontré una placa que hacía referencia a la Odisea de Homero,. La inscripción cuenta que Ulises pasó por aquí en su intento de regresar a Ítaca. Y así, corriendo por este lugar entre la mitología y la realidad, voy terminando mi preparación para la media maratón y para Manila. Y la mente lleva irremediablemente al poema de Kavafis sobre Ítaca:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

monstruos como estos jamás hallarás en tu camino,

si tu objetivo es elevado, si acertada

es la emoción que rige tu espíritu y tu cuerpo.

No encontrarás ni lestrigones ni cíclopes

ni tampoco al salvaje Poseidón,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los crea tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca antes vistos.

Detente en los emporios de Fenicia

y consigue hermosas mercancías,

como nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a conocer a sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Más no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin esperar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

Ítaca, de Konstantin Kavafis, 1911


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