Buscando el verdadero origen de “Made in Taiwan”

Por Nacho Urquijo.

Mi conocimiento sobre Taiwán, durante la mayor parte de mi existencia, ha sido bastante limitado y en gran medida asociado a la rúbrica que aparecía en la mayoría de los juguetes con los que crecí: “Made in Taiwan”.

Aprendí el significado de la frase por inducción, mucho antes de saber inglés. Aquel Power Ranger rojo que me acababa de comprar, y que tenía escrito “Made in Taiwan” en la planta del pie, debía estar hecho precisamente en aquel lugar exótico. Por aquel entonces, suponía que Taiwán debía quedaba cerca de China y de Hong Kong, más que nada porque el resto de mis juguetes venían de esos otros lugares.

Poco a poco, casi sin querer, fui aprendiendo algo más de Taiwán, pero tengo que reconocer que los datos seguían siendo bastante confusos. ¿Taiwán es una ciudad o un país? ¿O es una isla? ¿Forma parte de China? ¿O es independiente? ¿Y dónde queda Taipéi en todo este batiburrillo?

Treinta años después, he tenido la suerte de visitar por primera vez el lugar de origen de mi Power Ranger taiwanés.

El día que aterricé en Taipéi ya tenía algo más de conocimiento sobre el lugar. Sobre el papel, por fin tenía claro que Taiwán es una isla, que Taipéi es su capital, y que se considera una región china con un régimen político especial. Taiwán es china, pero China no es Taiwán. 

A pesar de esos datos, cuando finalmente puse un pie sobre Taipéi, no sabía muy bien qué esperarme. Me había hecho a la idea de que vería una ciudad al más puro estilo chino, algo parecido a Hong Kong, pero aún más industrial, con fábricas echando humo a base de moldear plástico y calles congestionadas por un tráfico mal regulado.

Pero no. La idea que me había hecho de la capital taiwanesa era completamente errónea. La primera impresión que me dio al cruzar una de las avenidas del centro de Taipéi es que estaba transitando una calle japonesa. ¿Cómo podía ser? ¿Pero esto no era China?

Resulta que sí, pero no, porque los japoneses estuvieron en el siglo XIX y XX por aquí, y se dedicaron a remodelar toda la ciudad. En apenas 50 años, elaboraron nuevos trazados urbanísticos, consturyeron nuevas infraestructuras y dejaron una impronta urbanística que aún hoy, más de ochenta años después de su marcha, todavía se nota presente.

Paseando por estas calles no me encontré fábricas con mano de obra barata y explotada, sino avenidas con grandes centros comerciales, calles con tiendas para todos los gustos y mercados de comida que no se acababan nunca.

Taiwán no es una ciudad, sino una isla con más de veinte millones de habitantes. Taiwán no es un país, pero le gustaría competir con su bandera propia (China no lo permite y, en las contadas ocasiones en las que puede hacerlo, en los uniformes taiwaneses debe aparecer como origen “Taipéi chino”). 

Taiwán es mucho más que aquel lugar indeterminado en el que se hacían nuestros juguetes. Es una región con personalidad propia, con más población que muchos países europeos, y con un espíritu de progreso envidiable. La próxima vez que vea “Made in Taiwan” ya no pensaré en un lugar de factorías grises. Ya no me hace falta imaginar, ahora sé lo que es Taiwán.

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