Una forastera en tierras australianas

Por Cristina Sanabria.

La semana pasada tuve la suerte de que un amigo australiano me invitara a pasar unos días en su casa con su familia, lo cual significa toda una nueva experiencia para una curiosa forastera como yo. Cuando haces este tipo de viajes, te das cuenta que hasta que no te adentras en la verdadera Australia no sabes realmente cómo es. Vivir en Sydney no es más que vivir en una ciudad grande, influenciada por diferentes culturas, especialmente la asiática y camuflada por el estereotipo australiano que se muda a vivir a la ciudad.

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Viajar a Maclean, un pueblo situado a una hora del famoso aeropuerto de Ballina (Byron Bay), me hizo conocer la versión rural del continente. Se trata de un pueblo que ronda los 3.000 habitantes, donde todos y cada uno de ellos son locales, y se conocen entre sí. Por ello, la llegada de una desconocida forastera suscitó la curiosidad de unos pocos.

Una de las primera cosas que me llamó la atención al aterrizar en Ballina dirección MacLean, fue esta enorme gamba situada en una gasolinera. Al parecer, la joven Australia, carente de importantes monumentos históricos, usa como sustituto de los mismos enormes objetos que hacen referencia a diferentes animales. Véase esta gamba.

Gran gamba rural

Tras continuar en la carretera, la cual dividía los famosos campos de azúcar, y mientras escuchamos ‘Wild world’ de Kat Steven llegamos a Maclean, un lugar que tiene más iglesias que bares, una pequeña calle principal con una sola tienda de ropa, un supermercado Spar, una cafetería que se llama “Leche”, y nadie sabe cómo pronunciar el nombre y un millón de historias que contar.

Me llamaron la atención muchas, pero entre todas ellas tengo que descastar la historia de Jimmy John, un ex yonqui, recuperado de su adicción, y quien conduce su bici para ir a trabajar, siempre a la misma hora: al amanecer y al atardecer, y lo más llamativo es que siempre va comiendo fruta, según dicen, más de un kilo al día. O la historia de July, una niña que llama por teléfono a todas las casas y que le da por esconder a su gato en el congelador.

Uno de los problemas del área son los murciélagos. Una de sus principales colonias se haya en los árboles que rodean el único colegio de Maclean. Padres y abuelos llevan reclamando una solución contra el problema, ya que los niños de esta pequeña población pueden verse afectados por diversas enfermedades transmitidas por el mamífero. El anterior alcalde de Maclean fue apodado como Batman, debido su lucha contra ellos. Muchos murciélagos Personalmente, y cambiando un poco el tono de la historia,  una de las cosas más graciosas que me pasaron fue ir a hacer aeróbic en el polideportivo del pueblo con mujeres de 60 años. Resulta que la madre de mi amigo es profesora de aeróbic, y me preguntó si quería ir a una de sus clases, a lo cual no pude decir que no. Así que allí me planté, con mi ropa de deporte y mi destellante juventud ansiada por todas ellas, las cuales no pararon de hacerme preguntas personales. Para mi sorpresa, todas ellas conocían España, una de ellas lo situó al  lado de Costa Rica, pero bueno, he de decir que en compensación, otra de ellas sabía el nombre del Rey Juan Carlos, lo que no creo que sepa es que acaba de dimitir. Creo que estuve toda la hora riéndome sola, sobre todo los cinco primeros minutos, en los cuales ellas tenían como una pequeña coreografía y yo estaba perdidísima. Me sentí igual que pequeña Miss Sunshine cuando sale al escenario y empieza a bailar digamos de manera descordinada. Pero luego ya empezamos a bailar Backstreet Boys y Ricky Martin, y ya me sentí más en mi salsa.

Por último, me gustaría decir que como buen pueblo australiano, tiene amaneceres y atardeceres increíbles y playas kilométricas desiertas, sin rastro de una huella, solo la que hacen los pequeños cangrejos blancos que se esconden entre la arena. Y por supuesto, surferos y además de la vieja escuela. Hay incluso un grupo de ellos, que ahora ya son viejitos, pero en su época les hicieron hasta una pelicula porque vivían del surf, comían de lo que cultivaban y vivian en su casa del árbol. Así, tan tranquilos. Atardecer bonito

 Autora (texto y fotos, excepto imagen destacada) Cristina Sanabria

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