Un tren llamado Nostalgia

Por Nacho Urquijo.

La otra noche soñé con un cliché. Un sueño que parecía sacado de una película escrita por un guionista un poco vago, que no se ha esforzado demasiado porque sabe que su historia irá directamente a la televisión sin pasar por el cine.

El caso, la onírica escena a la que me refiero estaba protagonizada por un tren, un tren que se llamaba Nostalgia, nada menos. En la seguridad que infunde estar soñando, aquello me parecía de lo más lógico. Dentro de Nostalgia iba mi juventud, y yo veía desde el andén cómo pasaba de largo frente a mí para introducirse dentro de un túnel. Al final, por supuesto, todo se fundía en negro y yo me despertaba, ya en esta realidad, con una lagrimilla a punto de asomar, convencido de que apenas sin darme cuenta me había hecho mayor.

Desde luego, me estaba poniendo melodramático. Tengo 28 años. Se mire por dónde se mire soy todavía joven, a pesar de que haya tenido que escribir “todavía” delante de joven. ¿Qué me ha llevado, entonces, a tener estos sueños tan facilones? La respuesta parece sencilla: que he visitado mi antigua casa, la de antes de marcharme al extranjero.

A todos los que vivimos fuera nos ocurre. Ahora lo llaman el síndrome del eterno viajero. Yo no lo alargaría tanto, pero sin duda hay que lidiar con cierto jet lag emocional cada vez que regresas a la ciudad que una vez fue tuya. En mi caso y en esta ocasión, Madrid. Durante el fin de semana que he podido pisarla de nuevo, me he sentido como si estuviera visitando a un viejo amigo. Mientras paseaba por sus calles, esas que hice mías (Lavapiés, Malasaña, la Puerta del Sol, Cuatro Caminos, Ciudad Universitaria…) me pareció estar manteniendo una conversación a dos bandas: con la ciudad, que me devolvía los recuerdos trenzados en cada esquina; y conmigo mismo, el del pasado, el que supongo que va sentado en el ñoño tren Nostalgia, mirándome desde una de sus ventanillas, contándome batallitas, regodeándose en el puntito más de inocencia que guardaba por aquel entonces y el puntito menos de peso que cargaba; regañándome por los amigos a los que no llamo lo suficiente, por los planes que he dejado a medias, por los que ni siquiera me atreví a comenzar. Dándome la enhorabuena por lo que sí he conseguido, las pequeñas y las grandes victorias.

Fue una conversación intensa, desde luego, pero no sabría decir si placentera o incómoda. Quizá las dos cosas. Ya de regreso -escribo estas líneas desde el avión que me lleva desde Madrid hasta Bucarest, donde he sembrado felizmente mi nueva vida- he decidido que es una conversación que no quiero seguir teniendo. Porque si aún estuviera montado en el tren Nostalgia no podría coger el tren de las Nuevas Oportunidades, que tampoco tiene un nombre muy original pero que luce mucho más excitante.

Texto
Ignacio Urquijo
ignaciourquijo.wordpress.com
@NachoUrquijo

Foto
Andreea Mironiuc
andreeamironiuc.com

Articulos relacionados

Deja un comentario

Pin It on Pinterest

Share This