Historias americanas en Sudáfrica

Fotos y texto: Nacho Urquijo.

#1 El rinoceronte negro y el americano glotón

Lo primero que pensé fue que aquello se parecía mucho a Extremadura en pleno verano. Las grandes extensiones de campo castigadas por el sol, con árboles muy esparcidos y aguantando la solana como podían, me recordaban a mi tierra. Hasta que apareció una cebra y los 10.836 kilómetros que separan Cáceres de Pilensberg, en Sudáfrica, se hicieron más que evidentes.

Durante el paseo en todoterreno descapotable que hicimos por aquel parque natural, los animales fantásticos se fueron sucediendo: vimos guepardos huidizos de piel como la plata, hipopótamos prehistóricos nadando como sílfides, babuinos astutos de mirada sabia, grandes manadas de elefantes, hasta cincuenta pude contar, avanzando como un solo ser…

Por encima de todos ellos, el animal que más me impresionó fue el rinoceronte negro, que apareció dormitando detrás de un arbusto a primera hora de la mañana. Este tipo de rinoceronte está en peligro crítico de extinción y quedan menos de cincuenta en todo el mundo. Es uno de los animales más hermosos que he contemplado en mi vida, y tuve la suerte de hacerlo de cerca, porque el gran rinoceronte, que resulta ser corto de vista, se guía por su olfato y su oído para reconocer su entorno. 

Nosotros teníamos el jeep apagado, pero supongo que los ocupantes del vehículo, que incluía dos holandesas y dos americanos, le debió de oler a algo especial al rinoceronte, porque la gran bestia empezó a caminar con sus pasos como pilares hasta quedarse a unos pocos metros de nuestro todoterreno. Hacía unos minutos nuestra guía acababa de contarnos cómo un león había intentado saltar sobre su vehículo durante uno de sus viajes anteriores, por lo que cuando ahora nos hizo un gesto para que nos mantuviéramos en silencio todos los ocupantes del vehículo dejamos de hablar. El rinoceronte todavía nos avistaba desde unos diez metros, sin decidirse aún a acercarse más, tratando de escudriñarnos desde esa distancia con sus pequeños ojos miopes. 

Y fue entonces cuando sucedió el momento más memorable de mis vacaciones en Sudáfrica, aunque para mal: uno de los americanos, sentado detrás de mí, sacó una bolsa de patatas fritas y empezó a luchar con el envoltorio para abrirlo. Sonó como un trueno en mitad del desierto. El rinoceronte, alarmado, comenzó a trotar hacia nosotros hasta quedarse muy muy cerca. Sacudió el suelo con las patas traseras, como si fuera un toro escultural a punto de embestir, y la posibilidad de acabar volcados y en las noticias pareció inminente.

Lo más increíble de todo fue que el americano, que tenía un parecido increíble con el personaje bobo de Resacón en las Vegas, empezó a comerse las patatas fritas. Crunch, crunch, crunch, como si estuviera en el cine con unas palomitas. Finalmente la guía tuvo los reflejos de arrancar el coche y salir derrapando. La estupidez humana es la que está acabando con los rinocerontes y muy probablemente también acabe con los humanos.

#2 La casi boda y las señoras pro-Trump

Conocimos a otro americano durante nuestro viaje, este mucho más majo (es fácil que alguien sea más simpático cuando el otro estuvo a punto de matarnos con su tontuna). Este otro americano trabajaba en Wall Street y tenía la potestad legal de casar. No tengo muy claro por qué rito, pero decía que había un hecho un curso por internet y que podía expedir certificados de matrimonios legales en Estados Unidos.

A este hombre lo conocimos durante una ruta por los viñedos cercanos a Ciudad del Cabo. Esto de beber vino, que no deja de ser un caldo de uva medio caliente es, por supuesto, un invento europeo. A Sudáfrica lo trajeron los franceses que fueron llegando durante el siglo XIX al sur de África (los holandeses estaban más preocupados con otras bebidas). Poco a poco, los laboriosos descendientes de esos franceses han conseguido ir sacando viñedos que reproducen los tipos de uvas que hay en Europa: Cabernet Sauvignon, Merlot, Pinoir y hasta una variedad propia que se llama Pinotage, una mezcla de Pinoir y Hermitage de donde sacaron las semillas y el nombre. El caso es que en general no encontré mucha diferencia con los vinos europeos y después de la tercera cata no habría podido distinguirlo del vino Don Simón porque todos los integrantes del grupo ya íbamos bastante tocados.

En nuestro citado grupo, junto al americano majo, también nos acompañaban dos mujeres sudafricanas de mediana edad. Todos éramos unos perfectos desconocidos antes de tomar el primer vino. Después del cuarto vino todos éramos ya viejos amigos. Y supongo que lo que haces con tus amigos es hablar de sentimientos y política, porque después de un intento por parte del americano de celebrar una boda allí mismo, pasamos a hablar de la situación política en Estados Unidos y en Sudáfrica. O lo que es lo mismo, de Trump y el Apartheid, los dos temas de los que es difícil escapar si uno habla de estos dos países. Y aquí viene la historia que me dejó helado: las dos señoras sudafricanas, blancas, rubias, de mediana edad y bien arregladas, decían (de forma más o menos velada) que el Apartheid las había perjudicado mucho porque ahora era mucho más complicado para una persona de su color (el “blanco”) conseguir un trabajo. La cosa no se quedó ahí, porque estas dos perfectas señoras normales, un poco piripi ya después de tanta cata, nos dijeron que ellas no necesitaban ver el museo del Apartheid (una muestra magníficamente documentada y escalofriante sobre los horrores del régimen racista sudafricano), porque ellas habían vivido esa época. Pero durante otro momento de la conversación, nos contaron también que durante su infancia y juventud no se habían enterado de ninguna de las atrocidades que el gobierno sudafricano estaba llevando a cabo, como por ejemplo la prohibición de votar para los de raza negra. La conversación terminó con la siguiente guinda: “A mí no me gusta Trump”, contaba una de las señoras, la más enérgica, “pero hay una cosa que sí me gusta de él, que pone a sus ciudadanos primero”. Tragué saliva y se me pasó todo el efecto del vino. Casi me asusté más que con el rinoceronte.

#3 El americano de pantalones cortos y una montaña con forma de mesa

El tercer y último americano que conocimos durante el viaje trabajaba en el Polo Norte y estaba en Sudáfrica asistiendo a una convención sobre algo relacionado con su trabajo, que imagino que sería el cambio climático o gente a la que le gusta pasar mucho frío. El caso es que el pobre hombre tuvo que pedir perdón varias veces por tener a Trump como presidente, como si eso fuera su culpa, y nos explicó algunos consejos prácticos sobre cómo reducir el impacto medioambiental de nuestra basura. Era un hombre muy curioso, porque vestía solo pantalones cortos y camiseta en pleno invierno sudafricano, que no es muy frío pero tampoco es tropical. Nos contó que nunca se abrigaba demasiado. Supongo que vivir en el Polo Norte te curte para el resto de tu vida.

Este americano de hierro nos acompañó en otra de nuestras excursiones, en esta ocasión al Cabo de Buena Esperanza, desde el que se puede ver ‘Table Mountain’, uno de los lugares más hermosos, sino el que más, que he visitado en mi vida. Es difícil describir con palabras una belleza que humedece los ojos solo con ser recordada. Aún así, lo voy a intentar.

Imagínate un lugar tan elevado que hasta las nubes tienen problemas para alcanzarlo. De hecho, cada nube, en su intento por llegar hasta la altura en la que te encuentras, se rasga contra las paredes rocosas que quedan por debajo de tu altura, rompiéndose en jirones vaporosos, creando la ficción de elevarte sobre una isla flotante, desde la que puedes ver el mar infinito a tus pies. 

Por encima de ese espectáculo aéreo se encuentra el plató de la montaña en sí, una extensión kilométrica de terreno que constituye la misma cima del macizo rocoso. ¿Cuántas veces es posible caminar durante horas por el punto más alto de una montaña? Y lo mejor no es su tamaño, sino el pequeño microcosmos que contiene. Esta montaña da cobijo a un microclima de fauna y flora que no puede encontrarse en ningún otro rincón del planeta. Entre ellos incluye a los dassies, que es como llaman en inglés sudafricano a un animal que en español se ha bautizado como el damán de El Cabo o damán roquero (me quedo claramente con el segundo nombre). El pequeño dassie es una especie de Timón gordito, muy pacífico, con una habilidad sorprendente para encaramarse a las rocas y escalar, sobre todo teniendo en cuenta el perímetro de su barriga. Me lo encontré varias veces por el paseo, una de ellas, tristemente, mordisqueando el resto de cigarrillo que había dejado por allí tirado algún turista desaprensivo. Aunque la mayor parte del recorrido por Table Mountain está impoluto y sin señales de presencia humana. Es posible pasear durante horas sin encontrarte más que con riachuelos, pequeñas flores como de otro planeta, lagartijas negras y cortes en la tierra que dan a parar a precipicios de vértigo. En conjunto, la sensación es la de estar recorriendo un paisaje prehistórico y prehumano. 

Una naturaleza tan hermosa como esta te hace preguntarte cómo el que se supone ser el animal más inteligente del planeta, el ser humano, es capaz de cometer estupideces tan grandes como Trump, atrocidades tan imperdonables como el Apartheid, o boberías tan insensatas como comerse una bolsa de patatas enfrente de un rinoceronte. La naturaleza, con su belleza y su fuerza eterna, no necesita al ser humano. Pero nosotros a ella sí. 

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