El día que renuncié a mi nombre

Por Ignacio Urquijo.

El otro día me cambiaron el nombre por decimocuarta vez desde que salí de España. Ya no me llamo Nacho, ahora me llamo Hasem. Y lo más extraño de todo no es que alguien haya decidido efectuar ese cambio por iniciativa propia, sino que yo lo haya aceptado de buen grado y empiece ya a responder a ese nuevo apelativo. “Tu café, Hasem”, “Gracias, señorita, que tenga un buen día”.

Se ha escrito mucho sobre los problemas de adaptación de los inmigrantes a las nuevas culturas. Lo último, el absurdo debate sobre el burkini (que cada uno se ponga lo que le dé la gana para ir a la playa, ¿no?). No se habla tanto en cambio sobre la enorme cantidad de pequeñas concesiones que tiene que hacer un recién llegado para encajar en una nueva cultura. Y no estoy hablando de grandes cambios en el día a día, que se aceptan porque se esperan: está claro que si te mudas de país es muy probable que te empiecen a hablar en otro idioma. Hablo de los pequeños detalles, esos que parecen elementales para los que están acostumbrados a ellos, pero que representan el mayor reto para el que los desconoce.

La forma de cruzar la calle, la ropa que hay que llevar a un parque, el lugar en el que se cambia uno antes de ir a la piscina, la forma de saludar, la de preguntar la hora, la de pedir el pan. La velocidad al andar, al comer. El tono de conversación en un metro, en un bar, en una reunión. La manera de expresar aprecio; la forma de indicar incomodidad. Hasta el hecho de beber agua durante la comida puede ser motivo de extrañeza.

De repente, los cimientos de las convenciones sociales, esas que sostienen las rutinas y te hacen funcionar como un engranaje más de la sociedad, empiezan a tambalearse y ser cuestionados. Y lo peor es esa duda, no saber con exactitud cuándo saltará la próxima desconexión, si mirar a los ojos a alguien simboliza educación o justo lo contrario, si deberías pedir la bebida antes o después de la comida, si etcétera, etcétera.

Vivir en el extranjero es un proceso de adaptación constante que te enriquece enormemente, por lo mucho que aprendes de la nueva cultura (y cuanto más diferente de la original, más bagaje te vas llevando). Pero también puede llegar a ser extenuante, hasta el punto de ceder en pequeñas cosas simplemente porque estás cansado o porque no quieres molestar. Batallas nimias que no tienes ganas de volver a emprender porque ya has pasado por ellas un centenar de veces. En mi caso, mi nombre.

Nacho es un nombre muy habitual en España. No lo es, en cambio, en los países extranjeros en los que he vivido. En lugares como Alemania u Holanda, Nacho solo se asocia con comida mexicana, lo cual no queda muy serio como presentación en ambientes académicos o simplemente cuando no quieres que lo primero que sepa alguien de ti sea un chiste.

Así pues, a veces, simplemente por hastío o cuando sé que no voy a ver demasiado a la persona a la que me estoy presentando, digo que me llamo Ignacio, que suena mucho más formal, pero también es mucho más difícil de entender e incluso de pronunciar en muchas lenguas extranjeras. La JOTA y la CE son territorio vedado para muchos extranjeros y, de nuevo, también pueden llegar a ser motivo de sonrisa (sí, todo lo que suene diferente puede ser motivo de sonrisa).

Por eso, cuando me encuentro incluso más cansado, y en situaciones en las que estoy completamente seguro de que no me voy a volver a cruzar con la persona con la que estoy hablando, digo que me llamo José. Es incluso cierto, me llamo José Ignacio, y de alguna manera que sale de muy dentro de mí, no quiero mentir completamente en lo relativo a mi nombre de pila. Todavía recuerdo el día dije que me llamaba Mario: me sentí como si hubiera dejado a mi verdadero yo sentado en una esquina para que no estorbara.

En fin, sin llegar a ponernos dramáticos, José es un nombre sencillo y muy común, que se ha escuchado alrededor del mundo y que no lleva connotaciones chistosas detrás. Todo esto me llevó a pensar que por fin había encontrado la llave de la felicidad onomástica, la clave para deshacerme de todos los malentendidos y para no tener que repetir mi nombre cuatro o cinco veces hasta ser comprendido.

Todo iba bien hasta que el otro día, en una cafetería de esas en las que escriben tu nombre en el vaso, me preguntaron cómo me llamaba. Allá vamos, pensé: “José”, le respondí.

Entonces fue cuando lo vi: cogió el rotulador negro y empezó a escribir una “hache”. Después una “a”. Acertó con la “s” e incluso con la “e”. Pero no pudo quedarse ahí y terminó por redondearlo con una “m”. HASEM, bien grande, en negro sobre un fondo blanco.

Cuando el café estuvo listo, me llamaron: “¡Hasem!”.

Sí, soy yo, muchas gracias.

Y la sensación de haberme dejado una parte de mí en ese mostrador me acompañó el resto de la mañana.

Texto
Ignacio Urquijo
ignaciourquijo.wordpress.com
@NachoUrquijo

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3 comentarios

  1. “por fin había encontrado la llave de la felicidad onomástica” Nacho, no sabes cómo te entiendo. Es igual de difícil llamarse Guadalupe viviendo en Italia… un abrazo y enhorabuena por la web!

  2. ¡Hola Nacho! Me he sentido muy identificada. En mi caso, en el Reino Unido se les hacía imposible pronunciar Rocío. Al final les acababa diciendo que me llamaran María, porque es mi primer nombre también. Y me sentía mucho menos yo, pero me ahorraba momentos bastante incómodos.

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