Sarajevo a la carrera

Texto y foto: Nacho Urquijo.

El pasado 20 de abril fue un día especial. Tan especial que me ha llevado varios días reunir la valentía suficiente para sentarme a contarlo. Tenía miedo de no saber transcribir en papel toda la emoción que sentí al correr por las calles de Sarajevo.

Alma árabe, idioma eslavo, comida balcánica, luz mediterránea y cicatrices universales. Al correr por esta ciudad efervescente te cruzas con lo más parecido a un aleph borgiano. Los nobles edificios austrohúngaros se alternan con monolíticos bloques comunistas, interrumpidos por mezquitas con enhiestos minaretes y rodeadas de patios a rebosar de vida y de turistas. Tantas construcciones tan diversas pero un hilo conductor a través de toda la ciudad, las muescas de las balas y las marcas de la metralla.

Los símiles para describir esta Babilonia moderna se me que quedan cortos y, a pesar de que me propuese observar Sarajevo con los ojos de la esperanza, no he podido girar la vista al correr sobre los testimonios de una guerra que todavía se siente reciente. El centro de la ciudad está lleno de memoriales de la estupidez humana, representados en varios lugares donde el ayuntamiento ha decidido dejar sin reconstruir los destrozos que provocaron las bombas. Regueros de sangre excavados en el suelo aparecen frente a una catedral, dentro de un mercado, delante de una panadería… Los bosnios los sobrepasan con una sonrisa distraída, acostumbrados y mirando hacia el frente, más preocupados por aprovechar el buen tiempo junto a un café turco en alguna de sus terrazas repletas que por los carteles recordando a los asesinados.

Por mi parte, yo decidí pasar esa mañana de sábado corriendo por Sarajevo. Me pareció la mejor manera de disfrutar de un país con el que siempre he sentido una conexión especial y sobre el que escribí una de las piezas periodísticas de las que estoy más orgulloso.

Durante la carrera no estuve solo, me acompañaron más de 800 personas que decidieron reunirse a primera hora para celebrar nuestros cuerpos en forma y disfrutar del ejercicio. 

Mientras corría por estas calles llenas de historia, me di cuenta de que por mucho que lo intentara no iba a poder describir con palabras esta ciudad de maravilla de la que me enamoré mucho antes de pisarla y de la que me marcho aún más embriagado. Así que me concentré en correr y en pasarlo bien. Así, sin proponérmelo, terminé la carrera de 5 kilómetros con mi récrod personal: 23 minutos y 45 segundos.

Me empujó quizá la felicidad de ver llenas de vida estas calles que han sufrido tanto.

Vidimo se, Sarajevo. Gracias por todo.

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