Quédate a dormir

Por Adrián Badía.

Quédate a dormir, y que pasen treinta años antes de mañana.

Con esta canción de M-Clan, grupo de mi infancia al cual tengo infinito cariño, me pongo a hacer, un año y medio después, esta entrada para mi amigo Nacho. Ausencia justificada –como ya sabe él– pues no es que haya dejado de escribir. No podría, son demasiados años. Al contrario: llevo todo este tiempo sumergido en un proyecto que empecé ya hace casi un lustro y al que le queda poco por ver la luz… así que debo concentrar mis esfuerzos. Pero cada cosa a su tiempo; hoy he venido aquí a pasear por Londres con vosotros.

Podrían pasar treinta o cuarenta años entre cada noche, como dice la canción. Entre cada mes o entre cada etapa. Y es que ¿acaso no pasan? Parece que fue hace medio siglo cuando estábamos todos juntos allí en el hostel, al borde del espléndido Hyde Park. Y si la distancia dilata nuestra percepción del tiempo, no quiero imaginar lo lejos que recordarán todo aquello nuestra gente de Chile y Argentina, entre otros. Por eso quiero que hoy cojan un avión y vuelvan, junto con todos, a caminar por Queensway. Abrigaos, amigos, que en la capital inglesa hace un frío que pela.

– ¿Nos vamos, o qué?

– Todavía no, que quedan dos por bajar.

La gente siempre llegaba tarde. Muchas veces hasta teníamos que subir a tocarles la puerta, pero no nos importaba. Era parte del ritual. Podría parecer increíble cómo recordábamos el número de habitación de cuarenta personas distintas, aunque era muy simple. Un día se bebía cerveza en una, al siguiente se charlaba en la de arriba, y al otro se descubría a alguna persona nueva y procedíamos todos a la invasión de su cuarto, en tropa. Entrábamos en él despacio, con mucho cuidado y mirando cómo había cambiado la decoración desde que se fue su antiguo poblador que, por supuesto, también había sido nuestro amigo. Sintiéndonos apenados y traicionados por aquel nuevo usurpador que, dos o tres horas después, ya sentíamos que llevaba con nosotros desde siempre. También había cuartos que funcionaban de centro neurálgico –creo que esto ya lo expliqué alguna vez –, como lo fue durante un breve tiempo el que compartí con mi compañero. Creo, además, que ha llegado el momento de confesar que había ocasiones en las que, cuando oíamos a alguien en el pasillo, apagábamos la luz y permanecíamos en silencio. Tocaban la puerta enérgicamente un par de veces, esperaban los segundos de rigor, y se marchaban. Luego podíamos seguir con nuestra partida.

Así que, después de todo, la espera en el pórtico de Inverness Terrace era más que agradable. Una vez estábamos todos y, la mayoría de las veces, cogíamos el metro en Queensway para ir al centro. Si íbamos a beber, algunos nos poníamos nerviosos al ver que el tiempo de la Happy Hour se nos escurría entre los dedos, así que cuando pasaban las 17:00h metíamos más prisa que el tato. Al fin y al cabo, no teníamos un duro. Y aún ni se atisbaba el Brexit en el horizonte; hablamos de tiempos en los que la Libra llegó a valer 1,45€ al cambio, y algunos íbamos con euros por ahí. Como para no correr buscando ofertas.

El viaje en la Central Line lo hacíamos de pie en el centro del vagón, maldita línea roja y calurosa creada por el diablo, y nos apretujábamos como podíamos hasta llegar a nuestro destino. Una vez fuera las luces de Leicester Square nos dibujaban la mejor de las sonrisas, y aspirábamos el frescor del aire –quizás no puro, pero aire al fin y al cabo – fuera del agobio subterráneo mientras caminábamos a nuestro destino: el Zoobar, casi siempre. Como animales, valga la broma fácil. Una vez allí, todo se tornaba borroso.

Pero no sólo salíamos de fiesta. A veces nos perdíamos por viejos cementerios del norte de la ciudad, íbamos a parques que no habíamos explorado aún o volvíamos a los mismos museos una y otra vez; comíamos en un Wetherspoon distinto cada fin de semana, jugábamos un partidillo de fútbol en algún lugar alejado de todo lo diario y volvíamos al hostel sabiendo que habíamos hecho algo nuevo y que, con toda seguridad, no tardaríamos mucho en volver a hacerlo. Luego llegaba la Navidad, como está pronta de llegar ahora y, los que podíamos, nos preparábamos para irnos a casa. Algunos, además, nunca volvíamos de ese viaje. Pero antes de marcharnos dábamos un último paseo por Hyde Park, que estaba invadido por el parque de atracciones Winter Wonderland y lleno de luces de todos los colores, barracas y pequeñas montañas rusas, una pista de patinaje, tiendas de hamburguesas, de gofres, de algodón de azúcar y de todo lo que os pudierais imaginar. Como si una novela de Charles Dickens se tratase –quizás, sin saberlo, estuviéramos dentro de una – disfrutábamos como niños de aquella magia, lejos de nuestra familia pero sintiéndonos parte de una nueva; huérfanos temporales de una patria a la cual no todos teníamos la fecha de vuelta calculada, pero conscientes de estar creando un nuevo hogar donde siempre tendríamos legitimidad para volver.

                  Pues, ¿no trata todo precisamente de eso? ¿De dejar hogares dentro de nosotros allá donde nos movamos y sentir, cuando llegue el final, que no importa dónde termine el camino? Hicimos buen trabajo, amigos. Londres no sólo estará ya en el Reino Unido; también en cualquier lugar del mundo donde, después de pedir un par de cervezas, nos sentemos a recordarla.

 Sabadell, 19 de Noviembre de 2017

 Texto de Adrián Badía

Foto de David Iliff. Licencia: CC-BY-SA 3.0

 

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