Luces y recuerdos de Londres

Por Adrián Badía.

El avión aterriza más bruscamente de lo normal. Ha sido, aún así, un vuelo tranquilo. Muchos asientos iban desocupados y el desembarco es ágil y fluido. La T2 del Prat está prácticamente vacía, así que se forman pocas colas en el control de pasaportes y la gente circula rápida hacia la salida, donde no hay prácticamente nadie esperando.

Ha sido el sexto viaje a Londres en menos de un año. La empresa organiza las reuniones trimestrales de ventas de tal manera que siempre se puedan enlazar con el fin de semana, y de esta manera queda a elección del empleado poder reservar el vuelo el viernes y disfrutar -a su cuenta desde el momento del aterrizaje, por supuesto- de dos días más en la urbe londinense. Buena cuenta sabe el que ha seguido este blog alguna vez que siempre hago uso de dicho privilegio. Así que ésta no ha sido menos. ¿Eh, Angie?

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No nos esperábamos disfrutar, por otra parte, de la Londres de las luces. Fortuita y gratamente para nosotros, nos encontramos Regents Street cortada al tráfico, y al levantar la vista al cielo un gran manto de luces, que cambiaba de color constantemente, nos dio la bienvenida a una ciudad que parece que nunca cambia, pero que en realidad nunca deja de hacerlo. Animales en el cielo con profundos y difuminados colores, espectáculos en las fachadas de las grandes marcas y hasta la imagen en movimiento de un elefante cuyo propósito no entendimos. Pero lo mejor fue la selva de luces que tenían montada en Leicester Square. Allí, en la plaza cuyos recuerdos me vienen a la memoria más como ráfagas de alcohol que imágenes nítidas, los colores lo invadían todo. La tienda de M&M’s dejó de ser lo que más iluminaba aquellos días. Otra nueva forma de guardar en mi memoria la primera imagen que tengo de la capital británica. La Noria estaba roja esta vez, y el Gran Reloj seguía con su característico tono verdoso de personaje malvado de Disney. Seguimos el paseo que jamás me pierdo, cruzando el Westmister Bridge y observando el conjunto en su totalidad desde la otra orilla. Mi pequeña acompañante era guiada y escuchaba anécdotas olvidadas en cada esquina de la ciudad que un día fue mi casa. A veces ella notaba que mi mirada se perdía en el horizonte o en algún punto indescriptible, y yo sentía cómo su silenciosa presencia me acompañaba mientras mi memoria divagaba entre recuerdos. Al poco pestañeaba, la miraba sonriendo y seguíamos nuestro camino.

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Tampoco podían faltar los museos. Volver al de Historia Natural y enseñarlo a alguien por primera vez no tiene comparación; entrar en aquel universo de fuego para salir casi rozando el enorme Diplodocus en un edifico digno del mejor de los premios arquitectónicos. Y seguir la ruta con la National Gallery, en salas que aún  no había descubierto -siempre que vuelvo doy un paso más, un salto hacia adelante- pasando por Van Gogh y Paul Gauguin, Don Diego Velázquez, Murillo y Zurbarán, algo de Rubens y Van Eyck, para terminar innovando con Boticelli, Miguel Ángel y Da Vinci. Esta vez ella fue la guía y sus explicaciones certeras, directas y contextualizadas de muchas de las pinturas me hicieron, literalmente, viajar en el tiempo. La baba, se me caía. Porque, ¿qué es la historia sino acelerar un Delorean a 88 millas por hora? No hay mejor viaje posible. Así que cada vez me asombro más del lujo que poseí el año en el que esta ciudad fue mi casa y que, a buen seguro, aproveché al máximo posible. Y ya ven que, a cada ocasión, lo sigo haciendo.

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También hubo, como no, reencuentros. Amigos de ella que tuvieron que emigrar, amigos míos que conocí aquí porque ya lo habían hecho. Pubs con encanto y charlas sobre la ciudad, libros y cine, historias pasadas que esta vez no eran mías pero disfruté como si lo fueran. Y una cerveza a deber, para la próxima. Covent Garden y su magia, el banco donde terminé ‘Corazón tan blanco’ de Javier Marías diciéndome aquí sigo, compañero. Para cuando quieras. Cervezas y cena antes de despedirnos para volver al Sandeman Allen House. Queensway con los dos ascensores abiertos, un nuevo bar de tapas español en la acera de enfrente, la bolera del día de nuestro karaoke todavía en pie. El Sainsbury al que Ale y un servidor no queríamos ir aquella mañana que nos levantamos sin agua, y la alegría que nos llevamos al recordar que junto con el desayuno ponían jarras bien fresquitas. Mi Londres, le digo a Angie. De la que ahora sabes todo debido a mis recuerdos. La Londres de la segunda mitad de 2014, ya tan lejana pero que nunca desaparecerá del todo.

A la que algún día volveré; a la que ahora le toca un buen descanso. Dejamos el hostel y, tras una hora y pico de viaje, soltamos nuestras maletas en -irónica es la vida- el hotel donde trabajo los dos siguientes días: Sandeman Signature. Mis directores y compañeros ya están allí, y me comunican que vamos a empezar a rotar las reuniones trimestrales de ventas. La siguiente será en… Barcelona. Premio. Después Milán, Düssledorf y Lyon. Tras beber -mucho- y cenar, nos acostamos. Rendidos. Es casi medianoche. Treinta segundos después suena el despertador, ya son las 6:30h. Llevamos a Angie al aeropuerto y volvemos al hotel. La sala de conferencias está lista. Empieza el bombardeo.

Subo al coche, que me ha estado esperando pacientemente y a buen resguardo en el párking de larga estancia. En Rock fm suena un éxito americano de finales del siglo pasado cuyo autor desconozco, pero que rezuma nostalgia y melancolía. Me encanta conducir por el área metropolitana a estas horas: se respira tranquilidad, las carreteras están desiertas y las decenas de luces a ambos lados de la autovía hacen del paisaje algo indescriptible. Enfilo la B-23 dirección norte mientras sonrío, alegre de estar de vuelta.

Sabadell, 21 de enero de 2016

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