Londres: volver, y hacerlo solo

Por Adrián Badía.

Todo el que viaja acaba volviendo, tarde o temprano, a los lugares que visitó.

Hay quien se mueve solo y crea lazos en sus lugares de destino, pero la mayoría de las personas inician estas aventuras acompañadas. Hacerlo así facilita las cosas en dos de las etapas más críticas, sobre todo en casos donde el billete no conlleva su antónimo de vuelta; ocasiones en los que se emigra para empezar una nueva vida. Una de las etapas críticas se da en los comienzos: llegada a un lugar desconocido donde te espera una casa desconocida, con un casero hosco, apático, que te pide mucho dinero de una moneda que, al cambio, deja tus urnas tiritando. Puedes tardar un tiempo hasta que conoces todo, sin apoyo alguno, y te unes con gente que está igual que tú. Por eso ir con alguien facilita las cosas.

Pero prefiero centrarme más en la otra etapa crítica, que es la del final. En los viajes siempre acabas conociendo gente que termina siendo tu familia; personas con las que crearás lazos tan estrechos como la magia del momento exige. Los acabarás queriendo como si los conocieses de toda la vida, al igual que ellos a ti. Pero si iniciaste el viaje sólo, retornarás sólo. Y es ahí, en esa vuelta a ti antigua vida, cuando añorarás tener a alguien con quien compartir los recuerdos que abordarán tu mente hasta que vuelvas a hacerte a tu antigua realidad: los meses vividos, la gente que dejaste atrás, cómo seguirán sin ti igual que tú lo harás sin ellos.

Solo estarás tú para recordarlo, y aunque al principio cueste, a todo se hace uno. Como dije al inicio, siempre acabamos volviendo. No tiene por qué ser de manera presencial: basta con volver a ver a alguien que compartió esa experiencia contigo. Sentarse juntos con una cerveza y volver al pasado, sin prisas. Riendo y recordando, complementando recuerdos –es bien sabido que no todos recordamos las mismas cosas- y enriqueciendo esas memorias que siempre quedarán grabadas en nosotros.

Por último está el retornar a dicho lugar. Recorrer los parajes donde viviste un tiempo, sus calles, parques, bares, puentes, monumentos, museos, antros y garitos, discotecas y simples porches de residencias donde cada noche compartes el humo de un cigarrillo que no te estás fumando, solo por estar en compañía. Volver solo, cuando tu antigua familia ha construido ya otra vida –y tú lo has hecho también-. Caminar recordando, sin nadie con quien comentar los pequeños cambios que vas advirtiendo, paso a paso. Quedarte segundos petrificado mirando la entrada del súper donde comprabas a diario, la línea de metro que cogías cuando ibas a trabajar o el pub donde te tomabas las cervezas que de verdad importan, que no son otras que las que te bebes un martes cualquiera de manera improvisada.

Quedar con tus amigos, tu antigua familia, y ser consciente de que ya no formas parte de esa vida nueva que ha tenido que evolucionar de manera inevitable, pero que sigues formando parte de ellos. Que a riesgo de disminuir, los lazos se han reforzado. Qué puede haber más bonito que eso.

“En este vuelo no se avisa para embarcar, así que recomendamos estar atentos a las pantallas de información”. La megafonía suena alta y clara, así que me levanto y me dirijo hacia la puerta de embarque. El aeropuerto del Prat está a rebosar. Es verano y la gente anhela vacaciones, descanso, paz. A mí me vendrá bien despegarme un poco de este calor abrasivo. La azafata da luz verde, y la gente avanza. Adiós por unos días, Barcelona.

Allá vamos, Londres. Vuelvo solo.

Texto
Adrián Badía
@AdriBadia
leondeflandes.blogspot.co.uk/
Foto
CC BY 3.0
https://en.wikipedia.org/wiki/Big_Ben#/media/File:Whitehall_Street_Traffic.jpg

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