Corriendo hacia el volcán Etna

Por Nacho Urquijo

Lo reconozco, quizá me dejé influir por la endorfina, la dopamina o cualquiera de las sustancias químicas que genera el cuerpo cuando estás corriendo y que, en general, se pueden englobar con el nombre “felicidad”. Porque lo cierto es que no esperaba pasármelo tan bien cuando comencé a correr en Catania.

El caso es que me ocurre a menudo. He descubierto que una de las mejores maneras de explorar una nueva ciudad es corriendo. Te quitas de encima el peso de tener que visitar cada monumento y leer la letra pequeña de los carteles y, simplemente, te dejas sorprender por lo que va apareciendo. Gracias a esta técnica he ido recogiendo en mi memoria algunos de los rincones más impresionante de mi vida: el puerto de Ámsterdam, con un ferry inmenso atracando como si fuera un barco de papel; la catedral que parece hecha de arena en Cádiz, con sus palmeras larguiruchas desafiando el viento; el parque Herăstrău de Bucarest y su lago inabarcable; la playa de Valencia como final de una carrera épica que terminó con un baño nocturno en el mar… Los recuerdos son inabarcables y no habrían sucedido si no fuera por todas esas carreras robadas a la pereza y la rutina. ¿Pero no hubo lugares feos? Sí, por supuesto, pero los he olvidado todos. Gracias, memoria selectiva.

Lo cierto es que, en la mayoría de ocasiones, los lugares que me voy encontrando al correr me parecen más bonitos que cuando los veo a cámara lenta, caminando. Por eso no me sorprendió tanto la magnífica pista de correr improvisada que encontré por sorpresa en el puerto de Catania. Lo que parecía una callejuela sin salida acabó siendo el comienzo de un malecón utilizado solo por pescadores. Y lo que parecía un pequeño malecón de medio centenar de metros se acabó convirtiendo en 2,5 kilómetros de carrera libre, constantemente abrazado por el mar Mediterráneo, salpicado por pequeños barcos pesqueros desafiando con pequeña quilla los rigores del mar.

Cuando todo parecía que se iba a terminar en una cancela cerrada con candado y un cartel de “vietato passare, pegué un pequeño salto y aparecieron ante mí otros 500 metros de éxtasis hasta llegar al final del espolón.

Y fue allí, al alcanzar el pequeño faro que marcaba el comienzo de la tierra, cuando me di cuenta de que el recuerdo de aquella carrera se merecía algo más que un recuerdo. Al darme la vuelta, lo descubrí.

El volcán Etna, con sus más de 3000 metros de altura y su eterna nubecita blanca sobre la cumbre como recordatorio de que puede ponerse en erupción en cualquier momento. La verdad, a pesar de que el Etna es una constante en Sicilia, no me esperaba encontrárlo así, tan cerca. Cuando empecé la carrera, el gran volcán quedaba oculto por los edificios cercanos y, según me fui alejando de las efervescentes calles de Catania, el volcán fue apareciendo a mi espalda, hasta quedar tan evidente como el propio día.

Tiene algo de místico correr en estas circunstancias, con tu cuerpo partiendo en dos la brisa del mar Mediterráneo en dirección a un volcán activo. Quizá fueron las endorfinas, pero el maravilloso recuerdo quedará para siempre.

 

Texto y fotos
Ignacio Urquijo
@NachoUrquijo

 

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