En el corazón de São Paulo

Por Carlos Fernández.

Cuando vas por Sao Paulo es inevitable mirar hacia arriba. No existe el horizonte. Impone. Solamente una jungla de cemento y cristal, de miles de edificios, en colores dispares, con distintas disposiciones y formas, que, difícilmente, pueden seguir un orden lógico: “esto se construyó a lo loco”, me comentaba un paulista. Las zonas residenciales se encuentran alejadas de un centro, tan vivo, que nunca para. La avenida paulista es el principal centro económico, el corazón de la ciudad, una amplia recta con edificios espectaculares a los lados, en las que puedes oler que estás en un lugar que entre semana está lejos de la samba y cerca de la productividad. No están acostumbrados a turistas, pero sí a los negocios. La mentalidad es clara: de lunes a viernes, se produce; el fin de semana, te diviertes.

Cada paso que necesitas dar, normalmente, está acompañado del olor a gasoil de los coches y el tráfico. Las otras alternativas no resultan útiles. De los once millones de personas que componen la megápolis, solamente cuatro se desplaza en Metro, según datos de la compañía. Una cobertura limitada, por la existencia de apenas 5 líneas, a la espera de la inauguración de una sexta, que deja una confluencia de automóviles, que junto a la delincuencia, es uno de los dos factores que menos agradan a los ciudadanos. “Hacemos la vida en torno al tránsito”, prefiriendo muchas veces quedarse en la oficina o establecer rutinas de trabajo con horas de antelación. No es una excusa: es el pan de cada día, la anarquía de la conducción. Todos quieren llegar y eso deriva en maniobras temerarias, donde coger un vehículo -en especial las motos- es jugarse la vida; pero curiosamente, no existe la conciencia de ponerse el cinturón en la parte trasera.

El tráfico ha obligado a tomar medidas como el Rodizio, donde se limita la circulación en horas puntas por días

En esas largas horas de espera en el coche, cuando empiezas a preguntarte por todo, es cuando llegué a la conclusión de que Sao Paulo es el corazón de Brasil, siempre en funcionamiento: que suena, que es vital y que es frágil. Pero el primer latido no lo escuchamos ninguno de los que estamos aquí tratando de adelantar unos minutos, callejeando entre los barrios, evitando las horas puntas y avenidas principales. Hace 459 años, una misión recién llegada al litoral, decidió subir la Mata Atlántica y asentarse en el planialto situado entre los ríos de Tamanduateí y Anhangabaú. Ellos fueron los primeros: Manuel da Nóbrega y Jose de Anchieta, responsables de la construcción de un colegio destinado a evangelizar a los indígenas. Aún hoy se conservan restos de unas paredes que representan el primer edificio de la ciudad, forjadas a base de una mezcla de tierra humedecida, arena, heces, fibras vegetales y sangre de buey. Uno de los pocos testimonios de arquitectura de la época en medio de esa jungla de rascacielos, en la Praça Ilhas Canarias (homenaje a Anchieta, originario de Tenerife), en pleno Pateo do Collegio.

Pateo do Collegio.

La ciudad comenzó a crecer desde allí, sobre todo en el sector cafetero, un hecho que explica el porqué a escasos metros, la Asociación de Comerciantes de Sao Paulo, tiene instalado un “Impostómetro”, un led con la cantidad recogida de impuestos desde que comenzó el año. La cifra y el aparato dan miedo. No para ni un segundo. Apenas dos meses de año y ya llevan billones recaudados, sin embargo, el transporte es escaso, las carreteras son precarias… ¿Dónde está yendo a parar ese dinero que no permite a la ciudad realizar una inversión de mejora de servicios?  Deudas, corrupción y un método de centralización brasileiro donde todo el dinero recaudado va a parar a la capital, Brasilia, que lo redistribuye. De allí, les llega una proporción muy inferior. Un hecho que provoca paradojas como que el estado que más recauda del país siga con una deuda más grande que su propio presupuesto.

Impostómetro en Sao Paulo.

Después de dejar atrás edificios emblemáticos como el monasterio de Sao Bento o Mirante do Vale, el más alto de Brasil, la imagen de rascacielos no cesa en la tercera ciudad del mundo  con más edificios de este estilo. Las baldosas tienen los colores de Sao Paulo y muchas de ellas la forma del Estado. Hoy es domingo y las calles principales están marcadas con conos para el tránsito de bicicletas.

Mirante do Vale, 170 metros, el rascacielos más alto de Brasil.

“Carlits, lo primero que tienes que hacer al llegar a una ciudad es visitar el mercado”. Seguramente percibió mi sorpresa ante una estructura más clásica de lo que se suele ver por aquí, con unos juegos de colores en las vitrinas, realizadas por Conrado Sorgenicht, que muestran varios aspectos de la producción alimentaria. En el “mercadao municipal” encontrarás infinitas frutas tropicales, sabores y aromas de distintos lugares y mucha gente. Mientras paseas  puedes abrir el paladar con algunos de los alimentos que te ofrecen: queso con mermelada, piña  y el típico “sanduiche de mortadela” en el tradicional Bar do Mané. Todo estaba muy bueno, pero he de admitir que no pude con la bomba de calorías de los 200 gramos de mortadela. “Aquí lo que falta es pan”, desde luego que sí.

Mercado municipal de Sao Paulo.

Sao Paulo no deja de latir. Sigue haciéndolo en estos momentos, en el que te preguntaste porqué un órgano vital merece encabezar una publicación sobre esta inmensa ciudad. Un conglemerado de rascacielos, producción, historia y turismo, que se pierden en un centro de la ciudad que acoge distintas razas y personas. Caminar por la PraÇa da Sé y perder la vista en su catedral, la PraÇa de la bandera o visitar el barrio Libertade y encontrarte con una propia ciudad asiática. De lunes a viernes, se produce; el fin de semana, te diviertes…. Pero el corazón de Sao Paulo nunca dejó, ni dejará, de latir.

Catedral da Sé.

Autor
Carlos Fernández
carlosfernandezgomez.blogspot.com
@Carlosfdezgomez

Esta entrada fue publicada originalmente en el blog Camino…

Articulos relacionados

Deja un comentario

Pin It on Pinterest

Share This