El fallo de pensar

Por Cristinia Sanabria.

Siempre he dicho que prefiero a Platón. Él tiene dos mundos. El inteligible y el sensible. Ideas frente a cosas. Alma contra cuerpo. En cambio siempre odié a Nietzsche, porque él niega este dualismo. Él habla del nihilismo, de la conciencia, las reflexiones, el pensamiento… Y pensar es lo único que no hice cuando tomé la decisión de venirme a vivir a Sidney.

Podría decir que vine a aprender inglés, a conocer gente, a conocerme más a mí misma, a conocer mis límites o conocer hasta dónde puede llegar mi locura, pero no. He de decir que la razón por la cual estoy en Australia es porqué jamás lo pensé, y cuando lo hice, ya era demasiado tarde.

Una decisión tan complicada la convertí en algo tan sencillo como ir a una agencia, elegir un curso de inglés, solicitar mi visado y comprarme un billete de ida. Creo que fueron diez minutos. Los mismos diez minutos que podría haber invertido en comprar una barra de pan los invertí en comprarme una nueva vida. Y cuando salí de la agencia es cuando pensé: “¡Oh dios mío! ¡Qué está muy lejos! ¡Qué son 30 horas de vuelo!, ¿ y si pasa algo?, que no conozco a nadie allí, que no tengo familia, que no tengo amigos, que no sé si encontraré trabajo, que es muy caro….¡Oh dios mio!” Y dejé de pensar. Cerré los ojos y me dejé llevar.

Cuando los volví a abrir ya estaba en un aeropuerto y mi pasaporte decía que YO estaba en Sydney. Ya me habían perdido la maleta, ya tenía el ‘jet lag’, que parece una palabra de los yankis para dar por el ‘cool’, pero no…existe, y dura tres días. Ya era verano en vez de invierno, ya me había quitado las medias que llevaba debajo de los ‘shorts’ y ya había pasado la aduana. Y vuelvo a cometer el fallo de pensar: “¡Oh dios mio! ¿Dónde estoy?” Y el vértigo se apodera de mí y empiezo a perder el control.  Empiezo a sudar, se me nubla la vista. No veo,  porque estoy lejos, muy lejos.  Es entonces cuando decido salir del aeropuerto, y al más puro estilo homeriano (De Homer que no de Homero) veo un sol resplandeciente y  cuatro palmeritas. Y ya soy feliz. Ya se me ha pasado. Ya no tengo vértigo, ya no me mareo, ya soy fuerte, y ya soy la chica que ha venido a comerse el mundo.

Con todo esto quiero decir, que está claro, que cambiar de país o de vida es un asunto difícil, porque es un lugar desconocido, una experiencia nueva, y lo nuevo siempre asusta. Pero en esta vida hay que hacer de lo difícil lo fácil, y dejarse llevar, porque en este caso siempre podemos dar vuelta atrás, y porque a veces tendemos a complicarnos la vida, cuando podemos hacerla sencilla. Por qué estudiar las categorías del hombre, cuando el mundo debería dividirse en The Beatles vs Rolling, McChicken vs Whopper o El señor de los anillos Vs La guerra de las Galaxias.

Amigos, no tengo mucha experiencia en comprar barras de pan, pero sí en cambiar de país y de vida, y os puedo decir que tomar esa decisión es solo para ATREVIDOS, así que aquellos que nos atrevimos a hacerlo os queremos contar nuestra experiencia, y quizá poder ayudaros a que vosotros también lo hagáis.

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Cartel lanzado en la década de los 40 para atraer inmigración a Australia
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Cartel lanzado en la década de los 40 para atraer inmigración a Australia

 

(Créditos foto portada, publicada bajo licencia CC: Photo by DAVID ILIFF. License: CC-BY-SA 3.0)

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1 comentario

  1. Divertida entrada Cris,se te lee contenta.Porque tú puedes y te atreves,muchos no lo hacen y no pueden.Es una magnífica apuesta.Espero más entradas eh.Saludos.

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