Diario de mi primer triatlón

El primer contacto con la piscina
Jueves. 04 de abril de 2019.

Hoy empieza, oficialmente, el diario de mi primer triatlón. Y por aquello de darle un poco de lirismo al asunto y terminar en alto, me ha parecido conveniente comenzar de una forma penosa: casi me ahogo.

Pensaba que partía con ventaja porque ya puedo correr con facilidad 5 kilómetros (que por lo que dice una rápida búsqueda en Google es lo que requiere la categoría “sprint” del triatlón, un eufemismo que suena muy bien para referirse a la categoróa de principiantes), pero ha sido empezar a nadar y darme cuenta de que esto va a ser mucho más complicado de lo que esperaba. Apenas puedo dar dos vueltas al ancho de la piscina olímpica (ni siquiera estamos hablando de largos) sin que el corazón se me salga por la boca. Y para empeorar las cosas, no soy capaz de nadar metiendo la cabeza en el agua, como parece que debería hacer según lo que veo a mi alrededor. Fijándome en los demás nadadores, que por sus diminutos bañadores speedo y sus gafas apretadas parecen llevar mucho tiempo en esto, la técnica requiere sacar la cabeza para respirar una vez por cada dos brazadas. Pero simplemente me resulta imposible coger aire en el corto lapso de tiempo que me queda entre brazada y brazada y, en los peores intentos, me entra agua en la boca y me atraganto. Al final he intentando tomármelo con más calma y practicar simplemente la respiración pero tampoco ha funcionado demasiado bien: con tanto sacar y meter la cabeza para intentar aspirar aire he acabado hiperventilando y a un punto de la alucinación.

En fin, que este va a ser el diario de mi primer triatlón, en el que describiré mi periplo poco profesional y muy improvisado hasta un incierto triatlón del que todavía no hay fecha de celebración. Sobre todo porque no tengo ni bicicleta.

Pero prometo ser constante. O eso espero. Allá vamos.

Distancia: 250 metros.
Sensaciones: como si hubiera estado peleándome con alguien muy grande. Pero motivado, contento y con muchas ganas de mejorar.
Cosas a mejorar: la respiración, la brazada, el movimiento de pies, el giro. Todo en general, la verdad.

Carrera después de la lluvia
Domingo. 7 de abril.

Hoy conseguí salir a correr en una pausa de la lluvia, que estuvo amenazando con estropear mi tan esperada carrerita del domingo. Tuve suerte y nada más poner un pie en la calle me encontré con el aire nuevo y el olor a tierra mojada, pero ni una gota de lluvia. Además pensaba que tendría que correr por la acera porque esperaba encontrarme encharcada la pequeña pista en la que suelo correr.

Pero de nuevo tuve suerte y la gravilla color Rolang Garros había drenado bien y apenas había charcos por la pista. Desde que llegué a Zagreb casi siempre corro en esta misma pista, un óvalo cortito de exactamente 333 metros. Cada tres vuelta hago un kilómetro y ahí he estado invirtiendo mi tiempo de ejercicio, como un ratoncito en una rueda de hámster, corriendo con ímpetu sin dirigirme a ninguna parte. Aunque lo cierto es que me siento avanzar y desde hace ya cuatro o cinco años no he encontrado una terapia mejor para poner en pausa la vida que estas escapadas sin meta.

Esta vez tocaron siete kilómetros, un poco más largo de lo habitual, porque ya llevaba cinco días sin correr y lo echaba de menos. Además quiero correr 42 kilómetros este mes para completar un reto tonto pero efectivo que me ha marcado la aplicación en la que cargo los datos de mis carreras, esa que al llegar de vuelta a casa y ver el dibujo de mi carrera desde el cielo confirma de forma gráfica mi trayectora de hámster feliz.

La rueda de hámster en la que paso las tardes.

Distancia: 7 kilómetros.
Sensaciones: muy buenas, se nota que llevaba unos días de descanso en las piernas.
Cosas a mejorar: recargar los cascos antes de salir, se quedaron sin batería al principio de la carrera 🙁

Vuelven las pachangas
Lunes. 8 de abril.

Probablemente no cuenta como entrenamiento para el triatlón, pero este lunes participé en una pachanga de fútbol sala. Por fin, después de muchos años de peregrinaje errant por el mundo sin conocer a la suficiente gente con la que jugar al fútbol (en Bucarest estuve a punto de conseguirlo, llegué incluso a la pista donde debía disputarse el partido con las zapatillas puestas, pero solo apareció un mexicano y el plan se transformó en un par de cervezas y alguna conversación expatriada).

Aquí en Zagreb encontré en Facebook, por casualidad, un grupo de estudiantes de Medicina que andaban cortos de jugadores. La mayoría son de fuera de Crocia: hay un par de hispanoamericanos con los que comparto lametnos en castellano cada vez que fallamos un tiro, algunos subsaharianos, un par de ingleses que se sonrosan a las dos carreras y un puñado grande de alemanes, a los que no les daba la nota para estudiar Medicina en Alemania y han recalado en esta esquina de los Balcanes.

Posiblemente no cuente para el triatlón, pero jugar al fútbol durante una horita de vez en cuando me sirve para desahogarme y me conecta de forma personal con tantos momentos felices vividos a lo largo de mi vida en pistas de Cáceres a las que había que acceder saltando vallas o en las del Paraninfo de la Complutense donde las derrotas se celebraban tanto como las victorias. Además este rato de pachanga me deja más agujetas que una hora de carrera, así que algo debe de servir.

Salir cansado.
Sábado. 13 de mayo.

Hoy salí cansado a correr. Era una de esas mañanas que se pierden en la arena del tiempo, sepultadas entre tantas otra mañanas que se le parecen. La larga semana de trabajo, en la que no ha parado de llover, consiguió truncar mi plan magistral de salir a correr al menos dos o tres veces por semana. Un régimen de carreras que me autoimpuse cuando me di cuenta que era mortal y que mis piernas de veinteañero no me iban a acompañar si no pagaba el precio del ejercicio.

Pero a pesar de la extenuación y, esta vez sí, de los charcos ineludibles en mi rueda de ratón, salí a correr. Las tres primeras vueltas fueron una agonía. Las doce siguientes las hice disfrutando.

Distancia: 5 kilómetros (correr).

Retomando la bici en Krk.
Domingo. 14 de abril.

La isla de Krk, la más grande de las casi 700 de Crocia, parece haber sido nombrada con el mismo criterio con el que decidieron su paisaje: arrojando letras al azar. La orografía de Krk se asemeja a un remedo de trozos de otras islas empastadas sin transición unas junto a otras. Pedaleando en bicicleta por la isla pude ver un paisaje cambiante que pasaba de los campos de olivos al estilo isla griega a las urbanizaciones con carteles exclusivamente en alemán, al estilo mallorquín, pasando por ermitas sacadas de una escena de El Padrino II y terminando en un paisaje lunar similar al que te puedes encontrar en Lanzarote. El efecto, en cualquier caso, es muy entretenido, y lo habría disfrutado aún más si no hubiera sido porque me pasé la mayor parte de los 25 kilómetros de recorrido sin resuello.

De todas formas, fue una bella primera aproximación a la bicicleta. Durante el futuro triatlón, aún distante, tendré que hacer 20 kilómetros, lo cual no parece tanto. El problema es que los 25 kilómetors que hice en Krk estuvieron divididos en tres paradas para comer dulces y deliciosas tapas mediterráneas y una visita a una ermita con inscripciones glagolíticas, lo cual creo que no está incluido en un triatlón de verdad.

Pero por algo se empieza.

Distancia: 25 kilómetros (bicicleta).


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