El Greyhoundticismo. O el romanticismo de viajar en Greyhound.

Por Beatriz Pérez Reyes.

Una de las imágenes míticas de Estados Unidos y de sus películas (¡y de su música!) es la de la del legendario Greyhound. Muchos de ustedes dirán “¿grey qué?”. A lo mejor, no por el nombre, pero, ¿quién no ha visto la clásica película Hollywoodiense en la que fugitivos (ya sean: parejas que buscan un lugar en el que rehacer sus vidas; asesinos que huyen de su crimen; adolescentes rebeldes que se marchan de casa de sus padres; gente sin dinero y sin nada que perder que va en busca de un futuro mejor…) van a una estación, compran un ticket exclamando desesperadamente: “¡al sitio al que más lejos pueda llegar con X dólares, por favor!” y se meten en un bus durante horas, días, hasta que llegan al lugar deseado?

Pues sí, probablemente esos buses que aparecen en las películas, aunque a veces no se identifique el logo, sean de Greyhound. Me encantaría afirmar que la abundancia de compañías de autobuses y de alternativas al coche dificulta la identificación del tipo de buses, pero, por desgracia, Greyhound es prácticamente la única compañía con la que se puede viajar por todo el territorio. También existe Megabus (que está en Europa también) y otras que se limitan a ciertas regiones. Por ahora las dejaré de lado para no fastidiar esta historia de romanticismo.

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Este país es tan inmenso que, una vez llevas aquí un tiempo considerable, te acostumbras a lo relativo de las distancias. Recuerdo, años atrás, en verano en mi colegio mayor, en Madrid, solían quedarse estudiantes latinoamericanos que venían a los cursos de verano de la Complutense. Excusa perfecta, claro, para recorrerse España y algo de Europa en escaso mes. Recuerdo estar sentada con amigos y que mexicanos nos preguntaran: “¿Oye, a cuánto está Barcelona en camión –autobús- de aquí?” “A unas 8-9 horas”. “Ah bueno, no está mal, creo que voy a pasar el fin de semana allí”. “¿¿El fin de semana??” “Sí, me iría el viernes después de clase y volvería el domingo por la noche” “¿Estás loco? ¿Cómo vas a hacer casi 20 horas en autobús en un fin de semana?” “Hombre, para un mexicano eso no es nada, es que España es bien chiquitito”.

Y tenía razón. En España dices que te vas a un lugar que está a 3-4 horas a pasar el fin de semana y ya te da un poco de pereza. Y si aumentas el número de horas, ya parece locura. Y si cuentas las horas que tardas de una punta a otra de España, ya parece un atrevimiento supremo. Sin embargo, años después, ahora mi mentalidad es más parecida a la de ese mexicano. Me he acostumbrado a que sea normal que la gente haga hasta 20 horas en apenas 3 días, o que pasarme horas y horas en la carretera no se me haga extraño ni tedioso.

En un país donde es casi imprescindible tener coche, muchísimas personas jamás han experimentado un viaje en bus (especialmente en el Sur o en las zonas más profundas de Estados Unidos). La gente de mi alrededor me decía que anduviera con cuidado, que era peligroso, que ojalá no me robaran. Otros me compadecían; otros decían que me tapara la nariz durante el trayecto, y, lo peor, varios hasta se reían. Cuando le decía a alguien “voy a tal sitio estas vacaciones”. Y, con sorna, sabiendo que no tengo coche, alguno respondía: “Ja, y, ¿cómo vas a llegar?” “En bus”. Y con cara de pena, decían: “la pobre”.

Desde mi romántico punto de vista, después de cientos y cientos de kilómetros viajando en Greyhound, puedo confirmar que estas personas están un poco (o muy) alejadas de la realidad que les rodea. Para alguien a quien le encanta observar y quedarse con detalles de lo que pasa a su alrededor, estos viajes ofrecen una radiografía única de este país, de la parte que muchos evitan ver. Y para quien le guste escribir y contar historias, es una fuente inagotable de material. ¿Qué hace a Greyhound “tan” especial?

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LOS CONDUCTORES SON LA LEY

Los conductores son la autoridad suprema. Si te metes con ellos, estás jodío. Si no les haces caso, estás jodío también. En general, aquí, como –en mi opinión- la gente es mucho más cívica y respetuosa que en España, en las aventuras en Greyhound, suele reinar la buena convivencia y el respeto. Y, en general, hasta el buen rollo. Si no, tantas horas en un bus con gente que no respetara a sus vecinos, sería un infierno y un caos.

Los conductores son el árbitro, quienes controlan la partida. En un bus que salía al frío amanecer, todo el mundo roncaba, y, a pesar de la calefacción, nadie se había quitado el abrigo para mantener el calorcito. De repente, comenzó a sonar un teléfono con reggaetón. Aunque despertó a todo el mundo, nadie decía nada. Pero ahí apareció el héroe. El conductor tomó el micrófono, y dijo: “quién sea que tenga la música, que se ponga auriculares o la apague, está molestando a los otros pasajeros”. Pasan unos segundos dramáticos y la música sigue sonando. “Vuelvo y repito, que deje de sonar esa música, o paro el autobús a un lado de la carretera hasta que sepa quién es” ¡¡WOW!! ¡Qué máquina! La música venía sólo de unos asientos más adelante y era de una niña latina, cuya madre -que en este caso sí roncaba-, fue despertada para que pidiera a la niña que quitara la música. ¡Vaya! Cívicamente, problema resuelto.

Caso número dos. Mismo bus, horas después —en 10 horas con la misma gente y en el mismo vehículo da tiempo para muchas historias—. En tantas horas, con paradas en las que comemos juntos, la gente va junta al baño a la vez o fuman en corros, la unión hace la fuerza, y también la amistad. Así que, después de varias horas, algunos se hacen amigos de su vecino -como quien va en un vuelo Trasatlántico-, descubren que tienen cosas en común y se pasan el resto del trayecto alegando. Nada nuevo que no pase en cualquier otro medio de transporte en cualquier otro lugar del mundo. En este caso en particular, con la emoción, los nuevos amigos se pusieron a contar chistes, anécdotas, y fueron subiendo el tono de voz y las carcajadas (algo que, acostumbrada al volumen de voz español, todavía estaba lejos de molestarme). Lo curioso fue que el conductor ahora era otro, pero la actitud fue la misma. De repente, agarra el micrófono, y dice: “ahí detrás se están emocionando mucho. Por favor, bajen la voz”. Este grupo de nuevos amigos, avergonzado, bajó el tono de voz. De nuevo, me quedé impresionada.

Por último, los conductores acaban siendo casi como una figura paternal. A veces, el bus hace paradas muy cortas, de 5 minutos, para en lugares en los que se baja o sube muy poca gente (y están en medio de la nada). Cuando el conductor avisa de la parada, suele haber alguien que pregunta: “¿y podemos salir a echar un cigarrito?” A lo que el conductor, figura paternal por excelencia, responde: “bueno, pero que sea rapidito, ¿eh? Que en 5 minutos nos estamos marchando”. Según termina esa frase, los ansiosos fumadores se empujan para salir y aprovechar su última caladita en las próximas horas.

Como figuras paternales, también cuidan del hambre de los pasajeros. Greyhound suele parar en algo como “estaciones de servicio”, que no tienen que ver mucho con las de España en lo que a comida se refiere (en la carretera sólo hay fast food…y cruza los dedos por encontrarte un Subway, que es la opción más sana). En cambio, Megabus normalmente no para y, si lo hace, es en medio de la nada, en la calle (no tienen estación). Sin embargo, aunque no tienen obligación de hacerlo (he estado con conductores que lo hacen, y otros que no), a veces algunos piensan: “joder, esta gente lleva aquí 6 horas y, si tenían comida, ya se la habrán comido”. Y entonces dicen: “Ey, hay un McDonalds aquí al lado. Quien quiera pillar algo para comer, tiene 10 minutos”. Tras las palabras mágicas, todo el bus, menos tres personas, salió sonriente y lanzado al McDonalds. A los diez minutos, el autobús despedía un fuerte aroma a papas fritas, kétchup y hamburguesas. Todos masticaban felices. El conductor arrancó, no sin antes decir que esperaba que les hubiera dando tiempo de comprar algo, a lo que la gente, con la hamburguesa entre los dientes, respondía casi al unísono: “¡Muchas gracias, Señor Conductor!”.

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PERSONAJES: EL HOMBRE CON SOBREPESO

Me subo a Greyhound y busco un asiento en el que no haya nadie. Sólo hay dos filas en las que no hay nadie. Me siento en la primera, pero resulta que hay un mal olor que echa para atrás (y sin ventilación alguna, que es la peor parte). Pues me siento en el otro. Pero resulta que en el otro hay mucho menos espacio para las piernas, así que vuelvo al anterior. Miro en el asiento de atrás, donde hay un hombre enorme que me observó durante toda la jugada. Me mira sonriente. Contrariada, le pregunto: “¿Los asientos en este lado tienen más espacio, verdad?” Sonríe, y dice: “sí, creo que sí”. Mientras le miraba, me di cuenta de que estaba sentado en medio de los dos asientos, aunque sólo le veía la cabeza, no el cuerpo. Cuando el autobús paró y salió, me percaté de que el hombre no cabía por el pasillo; tenía que andar de lado. Y también me fijé en que compró dos asientos, en vez de uno: y ocupaba los dos. Y también me di cuenta de que el mal olor que noté era porque el hombre no paraba de sudar a chorros. Ya fuera por la calefacción tan alta; porque no se podía mover nada, o por las dos cosas juntas. La cuestión es que, por un momento, me puse en la piel de ese hombre y pensé en lo horrible que tiene que ser pasar más de 10 horas en un bus sin moverse en absoluto y sin espacio. Y no sólo eso, cuando vi lo grande que era, pensé en cómo sería intentar llevar una vida normal con ese cuerpo. También, me pregunté si esa masa muscular sería producto de algún problema de salud o de la insalubre “way of life” alimenticia de este país. La respuesta la obtuve cuando paramos en una estación: lo vi pasar con una bandeja con cuatro hamburguesas y un plato gigante de papas fritas que nadaba en kétchup.

EL VECINO DE ASIENTO

Mi nariz ya se había aclimatado a ese olor a sudor, que ya había asimilado como normal. En una nueva parada, nueva ciudad, se bajó gente, se subieron nuevos pasajeros, incluyendo un nuevo vecino de asiento. Normalmente, si soy yo la que sube, elegir asiento se convierte en un conjunto de rápidas decisiones estratégicas que van a ser fundamentales para tu porvenir y bienestar inmediato. Cuando subes, a veces hay pocos asientos libres, y la gente opta por el típico “pongo mi bolso o mochila en el asiento de al lado, así nadie se sienta aquí. Y a ver quién le echa huevos a decirme que lo quite”. Tienes que echar un rápido vistazo a todo el autobús, y ver quién es la persona más conveniente para pasar las siguientes horas de tu vida. Por desgracia, todo se reduce a las apariencias y a quién te transmite mejor impresión. Según miras las caras, intentas adivinar si ese hombre es o no un borracho, o si este tiene pinta de que te va a dar demasiada conversación o si esa mujer grita mucho. Mientras tanto, si eres el último en subir, todas las caras apuntan a ti y están atentos a tu decisión. La presión de decidir antes de que arranque el autobús es importante. Venga, hay que decidir ya: una cuenta de 3, 2, 1… y… ¡ya! Donde sea.

Hasta ahora, no he tenido mala suerte con los vecinos de asiento. Son gente peculiar (como igual de peculiar les debo parecer yo a ellos cuando me saco mi tupperware preparado para el viaje –algo hay que hacer para evitar las hamburguesas del camino-) como cualquier otra, y punto.

En esta ocasión, fui yo la que estaba sentada al lado de la ventanilla, expectante a los nuevos pasajeros y a ver quién sería mi acompañante. Finalmente, el elegido fue un hombre de unos 40 y tantos años. Se sienta, y, como me moría de hambre, aunque me incomoda sacarme el picnic al lado de alguien, saqué mi tupper con las sobras que pillé antes de marchar de casa (en este caso, era un plato que consistía en 90% de pollo muy seco con sólo un poco de arroz). El hombre, mirándome de reojo, debía estarlo flipando conmigo cuando veía que no paraba de salir comida de mi mochila (esto mis amigos lo saben bien). En ese momento, me acababa de despertar, y no me apetecía mucho dar conversación. Mantuve la vista fija en el encantador paisaje urbano (que en ese momento consistía en un restaurante de comida rápida tras otro. Y alguna que otra gasolinera entre medias). Al poco, el hombre me dijo algo. Le miro, y le digo: “¿qué?” “Que si hueles algo”, me responde. Estupefacta, pienso: “¿qué coño me está preguntando? ¿Que si huelo el qué?”. Y el tío se partía de risa. No le solté un “What??” otra vez, pero le puse cara de “WTF???” y, a mi cara, me repitió: “¿Oliste eso?” “¿¿?”. Y, al mismo tiempo que mi mirada le pedía explicación, con un gesto sutil el tío señaló su trasero a la vez que me llegó el aroma del pedo que se le acababa de escapar al buen hombre. Fue una presentación por todo lo alto.

A pesar de ese comienzo, la forma en la que el hombre me insinuó que acababa de expulsar sus aromas del descomer, aparte de que no tenía pinta intimidante de loco o pervertido, en lugar de darme asco, me hizo reír. Y fliparlo. Y reír otra vez. La flatulencia dio lugar a la conversación. Este tipo se subió al autobús en Nashville, Tennessee. Me preguntó desde dónde venía yo. Cuando me responde de dónde viene él, frunzo el ceño como si no me cuadrara. “¿Desde dónde??”. “Desde Seattle, Washington”. En mi mapa mental, veo que Seattle está en la otra punta del país, en el Océano Pacífico. El hombre venía desde la otra esquina del país y llevaba una semana alternando buses. Normal que se le acabaran acumulando las flatulencias.

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